domingo, 11 de agosto de 2013

Certezas

Deja que el agua se apiade de mi, que ya no respire entre sus brazos. Añoro esos olores de la cercana tristeza, mezclados con el horror de su ausencia, acompañando el color ocre de un atardecer de Venecia.

Como si de un perfume caro se tratase, vagaba por la mente de eruditos adictos al olor de los pesares. Juzgaba las miradas marchitas del seductor y febril reducto de mi imaginación, gozando de los placeres de adivinarme con una suerte de acopio de buenas acciones.

Pero ya nada era próspero. Los jardines se habían tornado marrones, esperando que cualquier peregrino los bendijese con sus bastones. Los cielos pálidos se angustia, imploraban clemencia al sol, que vislumbraba un tenaz desafío, consciente de que su luz se apagaba discreta.
Y yo, mendigo de amores y versos, describo los males que habito, fundido con los pensamientos más viles que de mí fueron arrancados, viviendo en la absurda certeza de que, la culpa, nunca halló pena. Con la certeza de que la culpa se oculta en las venas de quien, al contrario de los humildes, no cesan en el empeño de reescribir la razón. Con la certeza de que lo absurdo impera, estos dias, ante lo humilde de un plato caliente con que alimentar a su mente traviesa. Con la certeza de que nadie será capaz de salvarse ante el despropósito de quienes buscan la guerra.