Hoy, en una de estas noches de insomnio que ataca, con total seguridad, cada noche de estos dos últimos meses, me he aventurado a leer un libro titulado "La muerte de Lili". Si bien el autor, Javier Ramírez Viera, deja un poco que desear en cuanto a composición y manejo semántico, ya que repite muchísimo ciertas cosas a lo largo del libro, ha conseguido dejarme una perla como la siguiente que voy a dejaros por aquí:
"-Mi madre reza mucho- expongo. - Lo hace aún cuando sabe que no va a morir. Es decir, que no va a morir de forma inminente.
-Lo que hace es cubrir una necesidad de supervivencia básica. Una supervivencia psicológica a su estado de conciencia. Por deducciones, comparando su vida con la de los demás, es decir, con la muerte de los demás, es capaz de sospechar las consecuencias finales de la vida. En general, el ser humano debe soslayar este hecho en un porcentaje abrumador de su tiempo.
-Es decir, no obsesionarse con la muerte -deduzco.
-Debemos evitarlo, si. Sabemos que es un hecho empírico irrefutable [...]
[...]-Por eso reza mi madre, porque mi hermana estuvo a punto de morir- le explico
- Es un buen incentivo, desde luego. Y la devoción y rezo un paliativo emocional para enfrentar ese devenir incierto [...] una alternativa que tenga ese efecto "sedante"
[...] Los mitos de los dioses griego se alimentaron de historias tan inverosímiles como las de Crsto. La diferencia radica en que si es Zeus o Jesús el dios de moda, el que te ha tocado vivir o conocer. El colectivo cree en Dios y nos sentimos arropados pensando en que, si gran parte de la población actual se consuela con Dios, es mucho más probable que Dios exista, puesta tanta gente no puede estar equivocada."
Podemos tomarnos esto como una especie de "revelación" que ya hace siglos que se lleva haciendo, la clave del "superhombre" y que, evidentemente, no dista de esta teoría. Está claro que los hombres necesitamos sentirnos protegidos en algún momento de nuestra vida, sobre todo ante o que desconocemos, hirviendo dentro esa necesidad de sentirnos seguros casi a cualquier precio, aunque sea a cambio de nuestra dignidad.
Y decía y de pequeño que por qué había dos versiones diferentes de cómo empezó el mundo. Ingenuo de mi, cuando iba a catequesis, en realidad pensaba en lo que me estaban diciendo y cuestionaba la mayoría de las cosas que me contaban. Y así ha sido siempre. Tanto que después de llevarme mi respuesta, tal que "es así y punto", dejé de ir allí y ni confirmación ni nada por el estilo, se acabó la religión devota para mi.
Y es que ya lo tenía claro, no iba a dejarme engañar tan fácilmente por algo que se veía a leguas que era un cuento chino. Dejo a merced y a juicio de cada uno la creencia que tenga a bien sostener en sus propias necesidades, pero está claro que no necesitamos tanto un guía como un simple hecho de trascendencia individual. Sólo así asegurarás tus creencias, sin necesidad de que nadie te cuente cuentos, creas en Dios o no creas.
Por lo tanto, esto sigue siendo una parte de convertirse en un "rebaño" sin voluntad, jugando a ser reyes de la nada, enfrascados en actos nimios y abundantes, convertidos en un devenir de ideas constante sin ningún pudor ni sentido, arropando las mayores mentiras para usarlas en nuestra propia contra. Está claro que muy inteligentes no somos, cuando somos capaces de engañarnos a nosotros mismos para sentirnos seguros.
Es como cuando de pequeño crees ver algo cuando estás en la cama y te tapas con las sábanas como si eso te fuera a proteger de un ataque inminente de algo que ni has podido ver.
Yo creo en los espíritus, señores, pero no voy divulgando mi creencia haciendo ver a los demás que tienen que creer en ello y practicar la investigación paranormal como si de un acto trascendental se tratase.
Y es eso lo que quiero hacer ver, que no se obsesionen y que crean en lo que vean necesario creer, pero no dejen que domine sus vidas, pues si no, al final del camino, verán que lo único que importa, es que sientan que lo han hecho bien.
Una creencia es una creencia. Cuando se pasa esa barrera, se llama fanatismo, y su poder, puede arrancar la razón con tal facilidad que ni se darían cuenta de su propia existencia. El error está en que infravaloramos el poder de las palabras, y vivimos rodeados de engaños y mentiras que, a día de hoy, llevan perpetrándose miles de años para llevarnos a un mismo camino, la muerte de nuestra propia individualidad.
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