miércoles, 24 de abril de 2013

Efímero

Conseguí alumbrarte. Llevaba varios minutos observándote y no hacía más que juguetear con el móvil para disimular que era incapaz de dejar de mirarte. Blandía un pequeño e invisible papel en el que apuntaba, mentalmente, cada cosa que me gustaría regalarte por cada palabra que supieras dedicarme. Palabras como "ven" o "acércate" pintadas en una pared, lejos del bullicio que supone transcribir una verdad tan evidente.
A veces, cuando te imagino sonriéndome, la gente me mira extrañada porque sonrío contigo, a pesar de que no te conozco de nada. Consigues hacerme entender que un niño no tiene nada que temer mientras le quede una sonrisa esbozada en el momento menos oportuno.

Y me mirabas. De repente algo en tí, te hizo mirarme con curiosidad, adornada con una media sonrisa, intrigada en saber cuál era el motivo de mi acoso visual. No entendías que te estaba pintando las nubes, haciendo retales con los pocos pedazos de alma que me quedaban, haciéndote el zumo de naranja de cualquier mañana gris, de cualquier domingo frío de febrero.

Una sonrisa. Me dedicaste la sonrisa más bonita que pude soñar, incluso en los sueños más elaborados que fui capaz de tejer, en los entresijos de la imaginación más dulce del mundo. Noté que me ponía rojo, por lo inmediato del placer extraño, por lo fácil de la situación y lo halagüeño del homenaje a la belleza pura que proyectabas directamente hacia mis ojos, ocultándome cualquier cosa alrededor susceptible de ser observada.

Ese olor a café, tu colonia empapando el vagón, contando los segundos que pasan entre los latidos del corazón que está a punto de pararse dentro de mi, reuniendo el valor para acercarme y decirte algo.

Apareciste por casualidad, y preferí dejarlo así. Prefiero quedarme con este amor lejano antes que estropear tan bella pieza de arte con palabras que pronto acabarían borrándose por el peso de la vida real. Preferí seguir haciéndote el café por las mañanas sin decirnos nada, en un mundo en el que sólo existíamos los dos.
Recordé lo doloroso del amor, lo que duele pensar en que cualquier día podría dejar de soñarte por las mañanas y darme cuenta de que eres real. Dejar de sufrirte por mi imperfección, por mi inseguridad, por mis malas palabras cuando intento ser lo mejor que he ofrecido en mi vida. Dejar el miedo de que desaparezcas por la clara certeza de un amor ciego, o algo mejor, e incluso por los vaivenes a los que ya nos tienen acostumbrados los enlaces de la pura casualidad.

Así me lo repito cada día. Cada día que despierto por la mañana y observo tu cara tranquila e impasible, sincero reflejo de la bondad que siempre demostraste, a pesar de saber que yo nunca fuí el precursor de ningún tipo de amor idílico y perfecto. Siempre hice lo que pude por hacerte saber que mi vida sin ti no existe, no es más que un murmullo en medio del ágil despertar de las sirenas en medio de un atasco.

Siempre me pregunto si alguna vez tú también sentiste lo mismo...

domingo, 7 de abril de 2013

Pequeños retazos sin sueños

Háblame de esa complicación a la que llamas vida. Háblame de los recuerdos que te obligas a olvidar porque el dolor crece como la semilla de un fruto temprano. Háblame de tus locuras enredado en el pelo de la mujer más bella, de los momentos profundos perdido en el mar azul de sus ojos cerrados.

Háblame de los ciegos que quieren oír, porque no les importa si no lo que son capaces de sentir como suyo. Del tiempo que pasas sentado delante del autobús para verla bajar, aturdida de tanto relato, fundida con el libro escrito del revés que nadie jamás será capaz de interpretarle.

Simplemente háblame, de los trozos en blanco, de las noches oscuras en que pintabas rarezas a la luz de unas pocas ideas, cuando sólo eras un niño, en el pozo de tu propio recuerdo, jugando a crecer en el mundo que tú mismo acabarías pintando.

Y parece tan vano... Salir a gritar cuando empieza a llover porque tu alma seguía llorando. Creías que el cielo era tu aliado en la tromba más grande del sueño que te hizo morirte por dentro. Mirabas a un lado y a otro, buscando el momento, queriendo escapar de un intento de fuga del "te quiero" más frágil del mundo.

Y todo por querer ser feliz. Todo por no darte cuenta de que todo lo que buscabas lo tenías y sólo ansiabas el zumo de piña del bar de la esquina embotellado en una triste letrina, en cuya puerta siempre ponía "llámame si quieres compañía". Pero nadie lo cogía.

Mientras te hundías, te vino a la mente la cara más bella que conseguiste dibujar, a expensas de no conocerla. Te enamoraste, perdiste la razón sin sentir ni un ápice si era o no real, porque nada tenía sentido en un mundo que vende mentiras. Sólo un nuevo susurro vestido de tul, comparado con un negro espejo, te logró sorprender y llevarte al paraíso donde no suenan piedras.

¿Qué quieres que te diga? Yo sé que vivimos para querernos, pero aquello se te fue de las manos. Desde entonces te observo, desde la terraza del bar en que siempre cambiábamos las letras por símbolos sin sentido que sólo queríamos inventar. Quisiste inventarte y sólo conseguiste reflejarte en un muro de piedra y desgracias, acostumbrada a tejer tu rutina para que yo no pudiera escogerla.

Así mataste al tiempo... Entre párrafos malditos y llenos de sal, curando heridas que no existían sólo para hacerme rabiar. Pero yo sigo aquí, mirándote, pensando en cuánto me hubiera gustado jugar a ser la verdad que te dijera que el día acababa de empezar.

Hoy hay tostadas y café recién hecho.

viernes, 5 de abril de 2013

De acuerdo

Ondea al viento. Como la gota de lluvia empeñada en mantenerse firme, a pesar de que están intentando que se vaya por donde ha venido.

Agradable. Como el sueño que aquella vez tuviste, en el que la felicidad era una preocupación tan nimia como el grano de arena que ha pasado a mejor vida.

Frustrante. Quizá como el momento en que llegaste a ser joven, manteniendo todo aquello que habías vivido cuando todavía eras viejo. Ahora, nada más que la verdad es capaz de arrebatarte lo que siempre quisiste, y en realidad, sólo tú eres capaz de librarte de esa pesada carga.

Amábamos tanto como al principio, cuando aún no éramos capaces de asumir una vida con responsabilidades, plasmando los momentos en recuerdos imborrables, jugando con los besos como si fueran a quitárnoslos para siempre, empeñando nuestras palabras en burdos cambios de desafíos y apuestas en las que siempre acabábamos perdiendo.

Y nos perdimos. Quisimos ser tan grandes como el planeta Tierra, y no éramos más que gotas de agua en un desierto lleno de cristal. Iguales al resto, pero asegurando que éramos diferentes mirándonos en el mismo espejo, lleno de barro y sangre, cubierto de la bruma más densa que jamás pudimos llegar a reconocer.

De ahí viene el misterio. El misterio de por qué quisimos ser jóvenes en un mundo de viejos. Por qué quisimos ser la piedra que enaltecía la verdad, en lugar de las comodidades que nos pedían. Por qué quisimos ser la espada que quería acabar con todo, en vez del esclavo que obedece a ojos cerrados sin preguntarse por qué su mano no va a donde quiere, si no que va a donde el dinero le dice o le tienta. Por qué jugamos a ser Dios en lugar de conformarnos con lo que nos hace felices, con las cosas más pequeñas que se nos dan, que nos diferencian a unos de otros y no nos acercan hacia caras sin forma, iguales de la misma manera, tratando por todos los medios ser lo suficientemente igual al resto como para destacar un mínimo. Todo, para volver al sitio del que hemos venido.

Y terminamos siendo pasto de lo más duro del alma. La muerte de la gente, nuestra muerte interior, la muerte de nuestra expresión, nuestras palabras, nuestros momentos. La muerte de lo que pensamos, de lo que sentimos, de lo que queremos y lo que buscamos. Nos hemos sustituido a nosotros mismos por coches, por casas, por cosas que no podemos tener pero que queremos porque nos han dicho que es mejor que lo que tenemos. Hemos crecido creyendo que nuestra meta debe ser llegar a algo y ser alguien, y no que ya eres alguien y lo que tienes que hacer es apostar por ti. Hemos sido el pasto de las llamas del engaño, tejido a tientas por los silencios a preguntas más bien ambigüas, que juzgaron sin ningún pudor cualquier atisbo de respuesta que pudiéramos hacer efectivo.

Hemos muerto desde el momento en que dijimos "de acuerdo"