Háblame de esa complicación a la que llamas vida. Háblame de los recuerdos que te obligas a olvidar porque el dolor crece como la semilla de un fruto temprano. Háblame de tus locuras enredado en el pelo de la mujer más bella, de los momentos profundos perdido en el mar azul de sus ojos cerrados.
Háblame de los ciegos que quieren oír, porque no les importa si no lo que son capaces de sentir como suyo. Del tiempo que pasas sentado delante del autobús para verla bajar, aturdida de tanto relato, fundida con el libro escrito del revés que nadie jamás será capaz de interpretarle.
Simplemente háblame, de los trozos en blanco, de las noches oscuras en que pintabas rarezas a la luz de unas pocas ideas, cuando sólo eras un niño, en el pozo de tu propio recuerdo, jugando a crecer en el mundo que tú mismo acabarías pintando.
Y parece tan vano... Salir a gritar cuando empieza a llover porque tu alma seguía llorando. Creías que el cielo era tu aliado en la tromba más grande del sueño que te hizo morirte por dentro. Mirabas a un lado y a otro, buscando el momento, queriendo escapar de un intento de fuga del "te quiero" más frágil del mundo.
Y todo por querer ser feliz. Todo por no darte cuenta de que todo lo que buscabas lo tenías y sólo ansiabas el zumo de piña del bar de la esquina embotellado en una triste letrina, en cuya puerta siempre ponía "llámame si quieres compañía". Pero nadie lo cogía.
Mientras te hundías, te vino a la mente la cara más bella que conseguiste dibujar, a expensas de no conocerla. Te enamoraste, perdiste la razón sin sentir ni un ápice si era o no real, porque nada tenía sentido en un mundo que vende mentiras. Sólo un nuevo susurro vestido de tul, comparado con un negro espejo, te logró sorprender y llevarte al paraíso donde no suenan piedras.
¿Qué quieres que te diga? Yo sé que vivimos para querernos, pero aquello se te fue de las manos. Desde entonces te observo, desde la terraza del bar en que siempre cambiábamos las letras por símbolos sin sentido que sólo queríamos inventar. Quisiste inventarte y sólo conseguiste reflejarte en un muro de piedra y desgracias, acostumbrada a tejer tu rutina para que yo no pudiera escogerla.
Así mataste al tiempo... Entre párrafos malditos y llenos de sal, curando heridas que no existían sólo para hacerme rabiar. Pero yo sigo aquí, mirándote, pensando en cuánto me hubiera gustado jugar a ser la verdad que te dijera que el día acababa de empezar.
Hoy hay tostadas y café recién hecho.
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