Ella soñaba con él. Continuamente. Dejaba que sus sueños le recordaran que todo era una mentira, sacada de su subconsciente, de las ganas que ella tenía de verle cada mañana, sentado tomando el café. Se imaginaba su olor, fundido con las palabras que él le dijera. Su aroma, tibio y dulce, acariciando sus mejillas con un “hola”, sus labios preguntándole la hora, aquellos ojos que parecían soñar.
Ella soñaba con él. Le soñaba jugando con su pelo después de acostarse, haciendo presente el recuerdo del momento anterior, nadando en placer, como si fuesen gotas de agua que arroyan un día de lluvia, juntas, sin nada que perder. Ella recordaba sus caricias, que buscaban su sonrisa y su perdición, sus manos grandes y sensibles, recorriendo los recodos más ocultos de su cuerpo, como nadie había hecho nunca, aunque tan sólo fuese una vez.
Ella soñaba con él, con su sonrisa de cualquier tarde, con su mirada atenta a todo, preocupada por la suya. Con el calor de sus brazos, con la penumbra envuelta en sus besos, sus detalles y su expresión despreocupada. Soñaba con sus sueños, con su voz, con su recuerdo, con el tiempo entre el olvido y un segundo sin sentirle.
Probablemente fuera un sueño, eso que nos decimos al oído cuando vemos que nos sentimos solos o la sensación de vacío justo después de despedirnos.
Él soñaba con ella, cada día. Pero nunca se atrevía. Soñaba con contarle que, cada mañana la veía, pero pensaba que no la merecía. Sentía un cosquilleo al llegar las 9, justo antes de que apareciera, ensayando lo que iba a decir el día que el miedo se fuera.
Él soñaba con ella. Soñaba acariciarla cada noche, en la penumbra de sus besos, buscar sus recodos y regalarle su placer, su calor y sus miradas. Danzar desde su cuello hasta su espalda, escribir cartas de amor desde su espalda y por sus piernas, para subir cantando su balada, justo cuando el mundo deja de importar y todo se convierte en nada.
Ellos se soñaban, cada segundo. Ellos no lo sabían y se perdían cada día que pasaba. Ellos, que se buscaban toda la vida, y acababan huyendo porque hacía tiempo les habían destrozado, como pequeñas rosas sin espinas. Porque nunca perdieron el miedo a ser lo que otros habían conseguido que fueran.
No dejes que nadie te cambie.