Un día como cualquier otro. O eso creía él. Daba gusto ver cómo había cambiado la ciudad en tan pocos meses, los mismos que llevaba Eithan viviendo allí. Olía a café y tostadas, el desayuno perfecto para la mañana fría y lluviosa que acompañaba a la perfección su ánimo. No eran más que las 8, pero parecían las 5 de un domingo de fiesta; calles silenciosas, olor a hierba mojada, y esa ausencia total del martillo neumático que se empeñaba en despertarle antes de tiempo todas las mañanas. Llegaba a ser preocupante. A pesar de todo, Eithan no le dio importancia a todo esto, dado que era de esas personas que sin café ni ducha eran totalmente un zombie tratando de sobrevivir al sueño. Con los ojos casi cerrados, trató de echarse el café, ataviado ya con un guante para no quemarse, porque si había algo que definía a Eithan era su enorme torpeza, y más cuando parecía que seguía en la cama a pesar de estar levantado. Hubo éxito y ese día logró no quemarse, ni tan siquiera derramar una gota, así que eso ya le dibujó una sonrisa de oreja a oreja, untando también con torpeza las tostadas con esa mermelada que le traía su madre todas las semanas y de las que aún no había gastado ni un tarro completo. De moras, por supuesto.
Walter, un pastor alemán bastante escuchimizado, le vigilaba desde el quicio de la puerta, esperando con atención el momento en que, a su amo, se le cayera cualquier resto de comida que pudiera ser devorada, a ser posible, antes de que tocara el suelo. Ellos se llevaban muy bien, con una vida planificada al límite, con los horarios marcados e inamovibles y una rutina que rozaba el absurdo. No había tiempo para nada más.
Eithan era un conocido arquitecto de Massachusetts, famoso por sus extravagantes y extrovertidos edificios, adoradores de formas imposibles pero de una belleza incomparable. Ese año, hacía unos meses, Architecture of Life le había otorgado su portada a uno de los proyectos de mayor envergadura de su carrera, lo que le había catapultado, sin duda alguna, al "estrellato" en su campo. Pero no todo era trabajo. Eithan vivía en Boston, en un pequeño apartamento con vistas al Boston Common, uno de los relajantes y tranquilos parques de la ciudad, lleno de niños y perros todo el día, gente haciendo "running" y fotos por doquier, ensimismados con el móvil, chocando con otras personas que también hablaban por el móvil y bicicletas derrapando por no atropellarles. Todo un despliegue de tranquilidad, sin duda.
Aquella mañana se había levantado pronto. A las 10 tenía una reunión importante con el cuerpo ejecutivo de uno de los mayores bancos de la ciudad. Debía entregar los planos de su propuesta para un rascacielos que albergara la mayor parte de la compañía, además de salas de reuniones, gimnasio y todo tipo de comodidades para que los trabajadores no perdieran ni un sólo segundo de su jornada. Y parecía contento. Ya no sólo por el hecho de que una corporación tan importante como Wayne & Will se hubiesen fijado en él, si no porque ese proyecto le había tenido ocupado los últimos 3 meses. Sólo por esa razón, su ánimo parecía haberse afincado en el lado positivo, por lo menos para variar un poco.
Ya con Walter en el parque, parecía ensimismado con la idea de visitar el edificio terminado, sus enormes ventanas que, en su cabeza, rozarían el infinito y le otorgarían un aire más moderno y sosegado a la ciudad. A pesar de todo, aún no podía creérselo y seguía subido en una nube de la que más le valía despertarse si quería que la reunión saliese bien. Nube de la que no tardaría en bajarle Walter, porque de repente, su correa se tensó hasta tal punto que le tiró al suelo, arrastrándole medio metro hasta que pudo darse cuenta y pararle. ¿Qué habría visto el dichoso perro para tirar de esa manera? Sólo se le ocurría que pudiese ser alguna perrita en celo que le volviera loco, pero nada más allá de la realidad. El parque estaba casi desierto, sólo un par de viejos sentados en los bancos viendo la vida pasar, pero estaban detrás de él, y tampoco había ningún otro animal que pudiera llamarle tanto la atención como para que se alterara de esa manera. Sin darle mayor importancia, recriminó al perro el descuido y volvió a casa para ducharse y prepararse para la reunión. Todo parecía que iba a salir perfecto.
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