lunes, 17 de agosto de 2009

Detrás

Un día recuerdo que me dijiste que no te cansarías de mirarme siempre y cuando no borrara mi sonrisa. Dejaste de pensar en mi el mismo día que tallé tu nombre con agujas en lo más hondo de mi corazón, y para entonces ya era otoño. Las hojas caían mientras recordaba cómo te escondías de mi tras las cortinas, pero siempre te asomaban los pies, porque en realidad querías que te viera. Mientras apartabas los zapatos a un lado, mirabas de reojo la hora, porque tenías prisa por soñar con que algún día fuiste feliz y lo de ahora sólo eran intentos de sonreírle al fuego. Yo nací con una cosa clara, y es que escribiría el resto de mi vida para regalar palabras a quien no supiera tallarlas por si mismo. Aquel día olía tanto a café que no pude resistirme a levantarme para tomármelo. Al lado de la jarra del café todavía caliente había una nota, con tu letra escrita a bolígrafo que al tocarla se borró un poco, por lo que supuse que no andarías muy lejos aún. Decía que te ibas, que tus ojeras no aguantaban más lágrimas, que te trataba tan bien que la hacía vulnerable a vivir de cualquier manera. Que querías vivir tu vida lejos, porque tantos pétalos de rosas eran demasiado para poder servir de algo, y que una princesa no vive nada más que en los cuentos que suelo escribirme. Digamos que para dormir mejor, siempre ayuda escribir un cuento en el que no seas tú el protagonista, aunque he de reconocer que siempre me gustaría serlo. Dejé de preocuparme en cuanto vi la nota, porque me acordé de tus fugas al baño para vomitar tu rabia, de tus sueños eróticos en que sólo salían nubes envueltas de escarcha, de tus rápidos quehaceres diarios para hablar con un ordenador vacío de sensaciones. Sentada en el sitio más vacío de todo el planeta, donde tus ojos sólo eran objetivos que miraban un sitio sin nada que decir. Donde todo el amor que yo te daba rebotaba y me hacía, increiblemente, vulnerable al odio que llegaste a transmitirme. Era una desgracia más unida a mi tren de desgracias de los últimos años, pero no podía dejar de recordar tu sonrisa ni la promesa de que algún día volverías. Odio admitir que demasiado azúcar empalaga, pero la vida está demasiado mal como para no intentar teñirla un poquito con la alegría de quien sólo quiere que las princesas también existan en un piso de 30 metros. Mi ingenuidad vive detrás de las cortinas donde dejaste olvidados tus zapatos, atados con una perfección demasiado pasmosa como para no suponer que lo hiciste a posta, sólo para hacerme saber que los dejabas alli porque tenías intención de volver y que yo no iba a ser capaz de desatarlos. Quizá mi mundo no sea tan desastre o quiero que sea demasiado bonito como para que no sea necesario sufrir, pero es cierto que si no lo hiciera, no sabría valorar cuando sonríes porque estás bien ni distinguiría cuándo lo haces para complacerme.Yo sigo esperando la botella que me traiga tu mensaje, que en mi mente se dibuja de una manera que sólo un cuento podría hacerlo realidad: "Cariño, vivo feliz en cualquier sitio donde tu sonrisa no sea capaz de blandir la sangre que me corre por las venas, pero incluso yéndome lejos no consigo olvidarte. Te odio y te quiero tanto que te pido que si algún día de verdad te falto, vengas a buscarme aqui, al lugar donde todo ya no importa tanto"

No hay comentarios: