Existe un momento del día en que todo parece liviano, incluso cuando todo va extrañamente mal. Sucede que, desde lo más profundo, todos buscamos sufragar ese estado de ansiedad continuo provocado por una situación anómala, fruto del estrés diario. Pero sólo es una parte.
El realismo nos lleva a ser consecuentes con nuestros actos (eso no quiere decir que todo el mundo sea capaz de serlo o lo suficientemente bondadoso), día a día, mes a mes, hasta llegar a apoderarse de nuestro ego. Y no confundamos EGO con prepotencia, si no un símbolo del "yo", una manera de llamarnos a nosotros mismos personas, un modo de identificación. Ello implica que a veces nos olvidemos de lo que somos, cegados por las distracciones e(x)ternas, y dejemos de hacer aquello por lo que llevamos luchando toda la vida.
A veces, el más ínfimo grano de arena es capaz de hacernos caer por un barranco tan pequeño que, en situaciones normales, nos habría dado risa incluso resbalar lo más mínimo. Pero lo cierto es que en ocasiones nos ahogamos en un vaso de agua y somos capaces de tropezar en aquello que llevamos esquivando años, como si de algo nuevo se tratase, como si fuera un error tonto de cálculo.
Lo cierto es que somos capaces de cualquier cosa que nos propongamos, pero es el estímulo externo, ya sea bueno o malo, el que nos hace tomar las decisiones. Es curioso pero siempre hacemos más caso a lo que nos rodea y tomamos decisiones teniendo en cuenta cosas que, en realidad, sólo sirven para hacernos dudar. Creemos en la libertad de expresión, en la libertad de acción, y sin embargo somos esclavos de nuestra inseguridad y de la mirada de los demás, de la repercusión "mediática" que podamos tener. Rara vez nos tomamos en serio una decisión sin tener en cuenta el entorno. Nosotros tomamos nuestras decisiones pero vivimos del miedo. Y eso es lo que nos hace débiles.
Por otro lado notaréis que es curioso, cuando nuestra ansiedad nos lleva a hacer cosas sin pensar, sin que nada nos importe, queriendo, de alguna manera, escapar de lo que nos están imponiendo. Y conseguimos más cosas desde ese estado de "plenitud" que cuando tenemos miedo por absolutamente todo, y sobretodas las cosas, al fracaso. Pero es ese miedo al fracaso el que nos hace, siquiera, optar al triunfo.
Denominemos "fracaso" al intento fallido de conseguir algo que queríamos lograr. De niño quieres llegar alto, porque ves que los mayores lo hacen, y se te olvidan las cosas que están a tu alcance. Y sin embargo, consigues ver cosas que, cuando te haces mayor recuerdas, a pesar de haber obviado cuando eras niño. Como con todo pasa lo mismo, aspiramos a cosas que cuando conseguimos, muchas veces, dejan de apasionarnos. Bien porque era un capricho tonto, una etapa de la vida o, simplemente, que el de al lado hacía eso y tú querías ser mejor.
Y volvemos a la misma historia. El de al lado.
De pequeño me enseñaron que las cosas que yo quisiera hacer, tendría que quererlas para mi, y no para ser mejor que los demás. Esa competición absurda nos lleva a compararnos y a olvidarnos de que nosotros existimos como un ser individual, que comparte con el colectivo de demás personas sus cosas, pero que nunca debe olvidar su "yo".
Como ejemplo sirve el tener un salario más abundante que alguien cercano, que no necesariamente tiene que ser motivo de competición, pero a las mentes menos pensantes suele darles una razón para hacer florecer la envidia y comenzar la desacreditación o la competición, ambas a misma escala. Desacreditación como medida de rebajar a tu o a su nivel a alguien superior y competición como método para igualar o superar a alguien igualmente superior. ¿Qué es lo que queremos realmente? ¿Qué bien nos aporta a nosotros ser mejor que alguien? ¿Y rebajarlo a nuestro nivel frente a los demás?
Lo que está claro es que en esos momentos ni siquiera pensamos en nosotros ni en nuestro bien, pues la envidia nos hace caminar por senderos muchas veces interminables, de los que nunca veremos el final y de los que muchas veces ni sabremos cómo salir.
En ese momento es cuando viene la sensación de fracaso. Fracaso provocado por algo que ni tan siquiera queríamos, pero que por orgullo queríamos superar. Esa es la sociedad que es capaz de sentirse engañado por alguien que sabe que está mintiendo, pero que cree en su mentira de la misma manera que cree en sí mismo porque parece que miente menos, o incluso que al ser una mentira distinta, puede llevar a algún sitio.
Y centrados en esa continua frustración, de vernos fracasados, sentimos envidia de los que sólo han querido hacer lo suyo, sin mirar alrededor, sólo a por lo suyo y ya está. Esos son los que tienen lo que quieren, los que consiguen lo que buscan, porque les importas una mierda tú y tu envidia. Y genera envidia porque no la busca, porque la gente no está acostumbrada a pensar en si mismos y por si mismos, si no a compararse enfermizamente con el de al lado para un "no sé qué" que "qué se yo" que deambula en la mente de continuo. Y ver a alguien que ni siquiera hace lo que hacen ellos, que no siente envidia ni compite, hace que esa envidia congénita resurja para hacernos más psicópatas, si cabe, de la destrucción de cualquier capacidad que tengamos o tengan los demás.
Qué perdidos estamos y qué magnitud están tomando estos términos últimamente, en el mundo del "todo por el poder" y del falso "sólo miro por lo mio". En la tierra de "sólo pienso en mi, pero quiero tener más que los demás".
En esos momentos de ansiedad es cuando más valoras las decisiones que tomas, en el momento en que ya nada importa y descubres que, compararte al resto, sólo hace que frenarte para llegar a conseguir lo que quieres de tal manera que, la sensación al acabar el día, sea de que has hecho lo correcto.
Y es en ese momento del dia en que todo es liviano, en que te sientes bien y necesitas compartirlo, como hago yo ahora mismo con los que leáis esto, sea cuando sea.
Lo mejor que podemos hacer es seguir buscándonos metas, conociendo nuestras habilidades y dejar que el resto se crea las mentiras que les cuentan. Por lo demás, prefiero no seguir dudando y luchar por todo lo que siempre quise. ¿Y tú? ¿ A qué esperas?