domingo, 11 de agosto de 2013

Certezas

Deja que el agua se apiade de mi, que ya no respire entre sus brazos. Añoro esos olores de la cercana tristeza, mezclados con el horror de su ausencia, acompañando el color ocre de un atardecer de Venecia.

Como si de un perfume caro se tratase, vagaba por la mente de eruditos adictos al olor de los pesares. Juzgaba las miradas marchitas del seductor y febril reducto de mi imaginación, gozando de los placeres de adivinarme con una suerte de acopio de buenas acciones.

Pero ya nada era próspero. Los jardines se habían tornado marrones, esperando que cualquier peregrino los bendijese con sus bastones. Los cielos pálidos se angustia, imploraban clemencia al sol, que vislumbraba un tenaz desafío, consciente de que su luz se apagaba discreta.
Y yo, mendigo de amores y versos, describo los males que habito, fundido con los pensamientos más viles que de mí fueron arrancados, viviendo en la absurda certeza de que, la culpa, nunca halló pena. Con la certeza de que la culpa se oculta en las venas de quien, al contrario de los humildes, no cesan en el empeño de reescribir la razón. Con la certeza de que lo absurdo impera, estos dias, ante lo humilde de un plato caliente con que alimentar a su mente traviesa. Con la certeza de que nadie será capaz de salvarse ante el despropósito de quienes buscan la guerra.

martes, 30 de julio de 2013

Áspero

Preferían otro asunto. Nadie les oía hablar. Creían que era mejor así, guardando un absurdo silencio, amainado por deslices de impaciencia.
Nunca fue mejor ni peor, pues nunca fue fácil de esconder. No entendían el dolor de un ser querido, sólo sentían rencor por todo lo desconocido.

Decían que preferían pasar los dias juntos, apretados contra la rama más baja de cualquier árbol que se mostrara compasivo. Y mucho más, sentían tener el control sobre su vida absurda y desacompasada, tramando vivencias en lo oculto y protegido de sus sienes.

"Cualquiera puede ser libre"

Ignorantes, se rodeaban con sus brazos en días que se suponían para tal, se regalaban en días supuestos para ello, se besaban cuando creían que era romántico. Y se creían libres. Se creían libres adoctrinando sus egos a la humildad dibujada en papel cebolla. Se sentían felices por elegir como se suponía que tenian que ser las cosas. Se sentían dichosos, valiosos y engreídos, embutidos en sus trajes de fe invulnerables a la gran mentira.

Se describían como amantes, pero sólo su amor se expresaba en tiempo. Todo lo demás equivalía a momentos sacados de conclusiones inequívocas, fruto, tal vez, de la impertérrita tolerancia hacia si mismos.

"Cualquiera puede ser feliz"

Cualquiera encuentra la manera de buscar un modo de serlo, sin darse cuenta de que ellos somos nosotros y que todo es más real cuando dejamos de creer en cuentos.

viernes, 5 de julio de 2013

Patata

Todo se reduce a la nada. 

Cuando te preguntas por qué las cosas son como son, incluso cegado por los rayos de sol que aún alumbran lo poco que te queda de paciencia. Al final queda en nada. 
Como cuando al final todo suena a crueldad cuando abandonas la cuerda en la que te meces, prendido de las pocas verdades que te cuentan. Aunque quede en nada.
Digamos que somos la debilidad de las palabras que compramos. Somos la oscuridad de la luz que nos obligamos a tener para poder ver aquello que queremos dejar de temer.

Qué curioso. La nada se reduce a todo cuando hay un punto en el que apoyarse. Quizá la obligación de seguir adelante sea la granada que nos explota cuando ya no tenemos nada que perder. Y sentimos la necesidad de gritar, de hacer ver al resto que nuestra vida es una mierda cuando, seguramente. haya gente que nos pueda dar clases maestras de lo mierda que puede llegar a ser algo.

Pero nos empeñamos en buscar lo poético. En atardeceres pintados al óleo con trasluces dignos del mejor impresionismo, con colores vivos e invulnerables, con dias grises incapaces de empeorar cuando todo lo demás nos parece creíble.

Creo que nos hemos vuelto ingenuos. Nos hemos vuelto ingenuos porque, desde pequeños, los verdaderos valores nos impiden ver la realidad cuando crecemos. Nos hacen creernos que lo que tenemos es libertad, cuando lo que tenemos es un vaso de agua cuando queremos. El agua que nos dan, porque no es nuestra.
Nada nos pertenece ya. Todo es del sucio y apestoso dinero que subyuga al más prístino y sencillo atisbo de humanidad que pueda quedarnos. Ahora la realidad es nimia. Como el partir de un suspiro de alivio cuando lo que más temías se desvanece y sonríes de nuevo. Y parece que hasta sonreír nos cuesta, cegados por lo material de nuestras vidas, queriendo tener todo lo que en realidad nos sobra.

No sé cómo será mi vida, pero ya somos esclavos nacidos de gente que lucho para que no lo fuéramos. Somos esclavos de los hijos de los que esclavizaron. Somos la mentira en que se apoya el mundo para seguir engañando.

Y seguimos sonriendo a la cámara. Tú di patata...

miércoles, 24 de abril de 2013

Efímero

Conseguí alumbrarte. Llevaba varios minutos observándote y no hacía más que juguetear con el móvil para disimular que era incapaz de dejar de mirarte. Blandía un pequeño e invisible papel en el que apuntaba, mentalmente, cada cosa que me gustaría regalarte por cada palabra que supieras dedicarme. Palabras como "ven" o "acércate" pintadas en una pared, lejos del bullicio que supone transcribir una verdad tan evidente.
A veces, cuando te imagino sonriéndome, la gente me mira extrañada porque sonrío contigo, a pesar de que no te conozco de nada. Consigues hacerme entender que un niño no tiene nada que temer mientras le quede una sonrisa esbozada en el momento menos oportuno.

Y me mirabas. De repente algo en tí, te hizo mirarme con curiosidad, adornada con una media sonrisa, intrigada en saber cuál era el motivo de mi acoso visual. No entendías que te estaba pintando las nubes, haciendo retales con los pocos pedazos de alma que me quedaban, haciéndote el zumo de naranja de cualquier mañana gris, de cualquier domingo frío de febrero.

Una sonrisa. Me dedicaste la sonrisa más bonita que pude soñar, incluso en los sueños más elaborados que fui capaz de tejer, en los entresijos de la imaginación más dulce del mundo. Noté que me ponía rojo, por lo inmediato del placer extraño, por lo fácil de la situación y lo halagüeño del homenaje a la belleza pura que proyectabas directamente hacia mis ojos, ocultándome cualquier cosa alrededor susceptible de ser observada.

Ese olor a café, tu colonia empapando el vagón, contando los segundos que pasan entre los latidos del corazón que está a punto de pararse dentro de mi, reuniendo el valor para acercarme y decirte algo.

Apareciste por casualidad, y preferí dejarlo así. Prefiero quedarme con este amor lejano antes que estropear tan bella pieza de arte con palabras que pronto acabarían borrándose por el peso de la vida real. Preferí seguir haciéndote el café por las mañanas sin decirnos nada, en un mundo en el que sólo existíamos los dos.
Recordé lo doloroso del amor, lo que duele pensar en que cualquier día podría dejar de soñarte por las mañanas y darme cuenta de que eres real. Dejar de sufrirte por mi imperfección, por mi inseguridad, por mis malas palabras cuando intento ser lo mejor que he ofrecido en mi vida. Dejar el miedo de que desaparezcas por la clara certeza de un amor ciego, o algo mejor, e incluso por los vaivenes a los que ya nos tienen acostumbrados los enlaces de la pura casualidad.

Así me lo repito cada día. Cada día que despierto por la mañana y observo tu cara tranquila e impasible, sincero reflejo de la bondad que siempre demostraste, a pesar de saber que yo nunca fuí el precursor de ningún tipo de amor idílico y perfecto. Siempre hice lo que pude por hacerte saber que mi vida sin ti no existe, no es más que un murmullo en medio del ágil despertar de las sirenas en medio de un atasco.

Siempre me pregunto si alguna vez tú también sentiste lo mismo...

domingo, 7 de abril de 2013

Pequeños retazos sin sueños

Háblame de esa complicación a la que llamas vida. Háblame de los recuerdos que te obligas a olvidar porque el dolor crece como la semilla de un fruto temprano. Háblame de tus locuras enredado en el pelo de la mujer más bella, de los momentos profundos perdido en el mar azul de sus ojos cerrados.

Háblame de los ciegos que quieren oír, porque no les importa si no lo que son capaces de sentir como suyo. Del tiempo que pasas sentado delante del autobús para verla bajar, aturdida de tanto relato, fundida con el libro escrito del revés que nadie jamás será capaz de interpretarle.

Simplemente háblame, de los trozos en blanco, de las noches oscuras en que pintabas rarezas a la luz de unas pocas ideas, cuando sólo eras un niño, en el pozo de tu propio recuerdo, jugando a crecer en el mundo que tú mismo acabarías pintando.

Y parece tan vano... Salir a gritar cuando empieza a llover porque tu alma seguía llorando. Creías que el cielo era tu aliado en la tromba más grande del sueño que te hizo morirte por dentro. Mirabas a un lado y a otro, buscando el momento, queriendo escapar de un intento de fuga del "te quiero" más frágil del mundo.

Y todo por querer ser feliz. Todo por no darte cuenta de que todo lo que buscabas lo tenías y sólo ansiabas el zumo de piña del bar de la esquina embotellado en una triste letrina, en cuya puerta siempre ponía "llámame si quieres compañía". Pero nadie lo cogía.

Mientras te hundías, te vino a la mente la cara más bella que conseguiste dibujar, a expensas de no conocerla. Te enamoraste, perdiste la razón sin sentir ni un ápice si era o no real, porque nada tenía sentido en un mundo que vende mentiras. Sólo un nuevo susurro vestido de tul, comparado con un negro espejo, te logró sorprender y llevarte al paraíso donde no suenan piedras.

¿Qué quieres que te diga? Yo sé que vivimos para querernos, pero aquello se te fue de las manos. Desde entonces te observo, desde la terraza del bar en que siempre cambiábamos las letras por símbolos sin sentido que sólo queríamos inventar. Quisiste inventarte y sólo conseguiste reflejarte en un muro de piedra y desgracias, acostumbrada a tejer tu rutina para que yo no pudiera escogerla.

Así mataste al tiempo... Entre párrafos malditos y llenos de sal, curando heridas que no existían sólo para hacerme rabiar. Pero yo sigo aquí, mirándote, pensando en cuánto me hubiera gustado jugar a ser la verdad que te dijera que el día acababa de empezar.

Hoy hay tostadas y café recién hecho.

viernes, 5 de abril de 2013

De acuerdo

Ondea al viento. Como la gota de lluvia empeñada en mantenerse firme, a pesar de que están intentando que se vaya por donde ha venido.

Agradable. Como el sueño que aquella vez tuviste, en el que la felicidad era una preocupación tan nimia como el grano de arena que ha pasado a mejor vida.

Frustrante. Quizá como el momento en que llegaste a ser joven, manteniendo todo aquello que habías vivido cuando todavía eras viejo. Ahora, nada más que la verdad es capaz de arrebatarte lo que siempre quisiste, y en realidad, sólo tú eres capaz de librarte de esa pesada carga.

Amábamos tanto como al principio, cuando aún no éramos capaces de asumir una vida con responsabilidades, plasmando los momentos en recuerdos imborrables, jugando con los besos como si fueran a quitárnoslos para siempre, empeñando nuestras palabras en burdos cambios de desafíos y apuestas en las que siempre acabábamos perdiendo.

Y nos perdimos. Quisimos ser tan grandes como el planeta Tierra, y no éramos más que gotas de agua en un desierto lleno de cristal. Iguales al resto, pero asegurando que éramos diferentes mirándonos en el mismo espejo, lleno de barro y sangre, cubierto de la bruma más densa que jamás pudimos llegar a reconocer.

De ahí viene el misterio. El misterio de por qué quisimos ser jóvenes en un mundo de viejos. Por qué quisimos ser la piedra que enaltecía la verdad, en lugar de las comodidades que nos pedían. Por qué quisimos ser la espada que quería acabar con todo, en vez del esclavo que obedece a ojos cerrados sin preguntarse por qué su mano no va a donde quiere, si no que va a donde el dinero le dice o le tienta. Por qué jugamos a ser Dios en lugar de conformarnos con lo que nos hace felices, con las cosas más pequeñas que se nos dan, que nos diferencian a unos de otros y no nos acercan hacia caras sin forma, iguales de la misma manera, tratando por todos los medios ser lo suficientemente igual al resto como para destacar un mínimo. Todo, para volver al sitio del que hemos venido.

Y terminamos siendo pasto de lo más duro del alma. La muerte de la gente, nuestra muerte interior, la muerte de nuestra expresión, nuestras palabras, nuestros momentos. La muerte de lo que pensamos, de lo que sentimos, de lo que queremos y lo que buscamos. Nos hemos sustituido a nosotros mismos por coches, por casas, por cosas que no podemos tener pero que queremos porque nos han dicho que es mejor que lo que tenemos. Hemos crecido creyendo que nuestra meta debe ser llegar a algo y ser alguien, y no que ya eres alguien y lo que tienes que hacer es apostar por ti. Hemos sido el pasto de las llamas del engaño, tejido a tientas por los silencios a preguntas más bien ambigüas, que juzgaron sin ningún pudor cualquier atisbo de respuesta que pudiéramos hacer efectivo.

Hemos muerto desde el momento en que dijimos "de acuerdo"

domingo, 31 de marzo de 2013

Un principio

"-Hacía tiempo que quería verte- le dije -ni siquiera me has dejado despedirme, la última vez que fuimos capaces de cruzar algún tipo de disculpa abstracta-

Ella se volvió, nada sorprendida de mi presencia. Sabía que pasaba por allí de camino a casa cada día.

-Ya...- dijo, imbuida en un gesto de tristeza y enfado bastante visible.

-No espero que consigamos nada, pero me parece que nos debemos un café y unas cuantas explicaciones- le dije- aunque sea sólo eso para poder pasar página de una vez. Quiero ser libre de quererte y quiero ser libre de este sentimiento que lo único que hace es matarme cada vez que pienso en tí-.

Sólo obtuve el silencio como respuesta, algo que ya esperaba, pues Mei no era muy dada a hablar demasiado, sobre todo de cualquier cosa que tuviera que ver con sus sentimientos.

-No sé qué decirte- sostuvo ella- Yo no siento lo mismo y lo sabes. Nunca fui capaz de quererte de esa manera. Cuando me fui aquel día, lloré más que nunca en mi vida, porque sentí que te había traicionado, pero en los sentimientos nadie es capaz de mandar, y yo mucho menos, evidentemente. Lo único que quería era que fueras feliz, pero yo nunca lo iba a conseguir porque tú tampoco me hacías feliz a mi. Quizá es que yo no soy capaz de serlo, ni tampoco lo intento. Te echo de menos, pero no de esa manera.-

Y así es como se despidió. Se dio la vuelta mientras me susurraba la última frase desde lejos, como si ya no tuviera fuerzas para contarme que le gustaba estar sola.

Desde siempre he sido un tio romántico, hasta el punto en que las mujeres eran incapaces de verme como algo que no fuera su amigo, y eso, a la larga, no me daba más que quebraderos de cabeza.

Mei no era distinta a las demás, pero en un momento de nuestras vidas, creímos sentir algo el uno por el otro que nos hizo vivir los momentos más felices, pero también los más tristes. Ya se sabe lo que dicen, el amor te lo da y te lo quita todo en poco tiempo, de la noche a la mañana, como si la vida fuese un espejismo que nos obligamos a olvidar día tras día para volver a sufrirlo cada vez.
Lo que tuvimos, nadie lo supo, excepto las sábanas que, arrugadas, pedían clemencia siempre que nos empeñábamos esconder al mundo lo mucho que nos necesitábamos, pintando las paredes con el vaho incansable del momento en que todo dejaba de importar lo más mínimo.

Así es como empecé a odiarme. Sabía que eso se acabaría, que era pasajero, y preferí odiarme por hacerlo que sufrir por acabarlo.

Muchos pensaréis que fui listo, que hay que aprovechar el momento, pero la verdad que el tiempo, acabaría demostrándome lo mucho que me estaba equivocando..."


¿Queréis que lo siga escribiendo? A los pocos que me leéis, os regalo este principio de algo. Si queréis que lo siga, no dudéis en hacérmelo saber en los comentarios y, juntos, iremos creando esta historia.

:)


sábado, 30 de marzo de 2013

Creencias e individuos

Hoy, en una de estas noches de insomnio que ataca, con total seguridad, cada noche de estos dos últimos meses, me he aventurado a leer un libro titulado "La muerte de Lili". Si bien el autor, Javier Ramírez Viera, deja un poco que desear en cuanto a composición y manejo semántico, ya que repite muchísimo ciertas cosas a lo largo del libro, ha conseguido dejarme una perla como la siguiente que voy a dejaros por aquí:

"-Mi madre reza mucho- expongo. - Lo hace aún cuando sabe que no va a morir. Es decir, que no va a morir de forma inminente.

-Lo que hace es cubrir una necesidad de supervivencia básica. Una supervivencia psicológica a su estado de conciencia. Por deducciones, comparando su vida con la de los demás, es decir, con la muerte de los demás, es capaz de sospechar las consecuencias finales de la vida. En general, el ser humano debe soslayar este hecho en un porcentaje abrumador de su tiempo.

      -Es decir, no obsesionarse con la muerte -deduzco.
      -Debemos evitarlo, si. Sabemos que es un hecho empírico irrefutable [...]

[...]-Por eso reza mi madre, porque mi hermana estuvo a punto de morir- le explico
     - Es un buen incentivo, desde luego. Y la devoción y rezo un paliativo emocional para enfrentar ese devenir incierto [...] una alternativa que tenga ese efecto "sedante"


[...] Los mitos de los dioses griego se alimentaron de historias tan inverosímiles como las de Crsto. La diferencia radica en que si es Zeus o Jesús el dios de moda, el que te ha tocado vivir o conocer. El colectivo cree en Dios y nos sentimos arropados pensando en que, si gran parte de la población actual se consuela con Dios, es mucho más probable que Dios exista, puesta tanta gente no puede estar equivocada."

Podemos tomarnos esto como una especie de "revelación" que ya hace siglos que se lleva haciendo, la clave del "superhombre" y que, evidentemente, no dista de esta teoría. Está claro que los hombres necesitamos sentirnos protegidos en algún momento de nuestra vida, sobre todo ante o que desconocemos, hirviendo dentro esa necesidad de sentirnos seguros casi a cualquier precio, aunque sea a cambio de nuestra dignidad.

Y decía y de pequeño que por qué había dos versiones diferentes de cómo empezó el mundo. Ingenuo de mi, cuando iba a catequesis, en realidad pensaba en lo que me estaban diciendo y cuestionaba la mayoría de las cosas que me contaban. Y así ha sido siempre. Tanto que después de llevarme mi respuesta, tal que "es así y punto", dejé de ir allí y ni confirmación ni nada por el estilo, se acabó la religión devota para mi.

Y es que ya lo tenía claro, no iba a dejarme engañar tan fácilmente por algo que se veía a leguas que era un cuento chino. Dejo a merced y a juicio de cada uno la creencia que tenga a bien sostener en sus propias necesidades, pero está claro que no necesitamos tanto un guía como un simple hecho de trascendencia individual. Sólo así asegurarás tus creencias, sin necesidad de que nadie te cuente cuentos, creas en Dios o no creas.

Por lo tanto, esto sigue siendo una parte de convertirse en un "rebaño" sin voluntad, jugando a ser reyes de la nada, enfrascados en actos nimios y abundantes, convertidos en un devenir de ideas constante sin ningún pudor ni sentido, arropando las mayores mentiras para usarlas en nuestra propia contra. Está claro que muy inteligentes no somos, cuando somos capaces de engañarnos a nosotros mismos para sentirnos seguros.
Es como cuando de pequeño crees ver algo cuando estás en la cama y te tapas con las sábanas como si eso te fuera a proteger de un ataque inminente de algo que ni has podido ver.

Yo creo en los espíritus, señores, pero no voy divulgando mi creencia haciendo ver a los demás que tienen que creer en ello y practicar la investigación paranormal como si de un acto trascendental se tratase.

Y es eso lo que quiero hacer ver, que no se obsesionen y que crean en lo que vean necesario creer, pero no dejen que domine sus vidas, pues si no, al final del camino, verán que lo único que importa, es que sientan que lo han hecho bien.

Una creencia es una creencia. Cuando se pasa esa barrera, se llama fanatismo, y su poder, puede arrancar la razón con tal facilidad que ni se darían cuenta de su propia existencia. El error está en que infravaloramos el poder de las palabras, y vivimos rodeados de engaños y mentiras que, a día de hoy, llevan perpetrándose miles de años para llevarnos a un mismo camino, la muerte de nuestra propia individualidad.

viernes, 29 de marzo de 2013

¿A qué esperas?

Existe un momento del día en que todo parece liviano, incluso cuando todo va extrañamente mal. Sucede que, desde lo más profundo, todos buscamos sufragar ese estado de ansiedad continuo provocado por una situación anómala, fruto del estrés diario. Pero sólo es una parte.

El realismo nos lleva a ser consecuentes con nuestros actos (eso no quiere decir que todo el mundo sea capaz de serlo o lo suficientemente bondadoso), día a día, mes a mes, hasta llegar a apoderarse de nuestro ego. Y no confundamos EGO con prepotencia, si no un símbolo del "yo", una manera de llamarnos a nosotros mismos personas, un modo de identificación. Ello implica que a veces nos olvidemos de lo que somos, cegados por las distracciones e(x)ternas, y dejemos de hacer aquello por lo que llevamos luchando toda la vida.
A veces, el más ínfimo grano de arena es capaz de hacernos caer por un barranco tan pequeño que, en situaciones normales, nos habría dado risa incluso resbalar lo más mínimo. Pero lo cierto es que en ocasiones nos ahogamos en un vaso de agua y somos capaces de tropezar en aquello que llevamos esquivando años, como si de algo nuevo se tratase, como si fuera un error tonto de cálculo.

Lo cierto es que somos capaces de cualquier cosa que nos propongamos, pero es el estímulo externo, ya sea bueno o malo, el que nos hace tomar las decisiones. Es curioso pero siempre hacemos más caso a lo que nos rodea y tomamos decisiones teniendo en cuenta cosas que, en realidad, sólo sirven para hacernos dudar. Creemos en la libertad de expresión, en la libertad de acción, y sin embargo somos esclavos de nuestra inseguridad y de la mirada de los demás, de la repercusión "mediática" que podamos tener. Rara vez nos tomamos en serio una decisión sin tener en cuenta el entorno. Nosotros tomamos nuestras decisiones pero vivimos del miedo. Y eso es lo que nos hace débiles.

Por otro lado notaréis que es curioso, cuando nuestra ansiedad nos lleva a hacer cosas sin pensar, sin que nada nos importe, queriendo, de alguna manera, escapar de lo que nos están imponiendo. Y conseguimos más cosas desde ese estado de "plenitud" que cuando tenemos miedo por absolutamente todo, y sobretodas las cosas, al fracaso. Pero es ese miedo al fracaso el que nos hace, siquiera, optar al triunfo.
Denominemos "fracaso" al intento fallido de conseguir algo que queríamos lograr. De niño quieres llegar alto, porque ves que los mayores lo hacen, y se te olvidan las cosas que están a tu alcance. Y sin embargo, consigues ver cosas que, cuando te haces mayor recuerdas, a pesar de haber obviado cuando eras niño. Como con todo pasa lo mismo, aspiramos a cosas que cuando conseguimos, muchas veces, dejan de apasionarnos. Bien porque era un capricho tonto, una etapa de la vida o, simplemente, que el de al lado hacía eso y tú querías ser mejor.
Y volvemos a la misma historia. El de al lado.

De pequeño me enseñaron que las cosas que yo quisiera hacer, tendría que quererlas para mi, y no para ser mejor que los demás. Esa competición absurda nos lleva a compararnos y a olvidarnos de que nosotros existimos como un ser individual, que comparte con el colectivo de demás personas sus cosas, pero que nunca debe olvidar su "yo".
Como ejemplo sirve el tener un salario más abundante que alguien cercano, que no necesariamente tiene que ser motivo de competición, pero a las mentes menos pensantes suele darles una razón para hacer florecer la envidia y comenzar la desacreditación o la competición, ambas a misma escala. Desacreditación como medida de rebajar a tu o a su nivel a alguien superior y competición como método para igualar o superar a alguien igualmente superior. ¿Qué es lo que queremos realmente? ¿Qué bien nos aporta a nosotros ser mejor que alguien? ¿Y rebajarlo a nuestro nivel frente a los demás?
Lo que está claro es que en esos momentos ni siquiera pensamos en nosotros ni en nuestro bien, pues la envidia nos hace caminar por senderos muchas veces interminables, de los que nunca veremos el final y de los que muchas veces ni sabremos cómo salir.

En ese momento es cuando viene la sensación de fracaso. Fracaso provocado por algo que ni tan siquiera queríamos, pero que por orgullo queríamos superar. Esa es la sociedad que es capaz de sentirse engañado por alguien que sabe que está mintiendo, pero que cree en su mentira de la misma manera que cree en sí mismo porque parece que miente menos, o incluso que al ser una mentira distinta, puede llevar a algún sitio.

Y centrados en esa continua frustración, de vernos fracasados, sentimos envidia de los que sólo han querido hacer lo suyo, sin mirar alrededor, sólo a por lo suyo y ya está. Esos son los que tienen lo que quieren, los que consiguen lo que buscan, porque les importas una mierda tú y tu envidia. Y genera envidia porque no la busca, porque la gente no está acostumbrada a pensar en si mismos y por si mismos, si no a compararse enfermizamente con el de al lado para un "no sé qué" que "qué se yo" que deambula en la mente de continuo. Y ver a alguien que ni siquiera hace lo que hacen ellos, que no siente envidia ni compite, hace que esa envidia congénita resurja para hacernos más psicópatas, si cabe, de la destrucción de cualquier capacidad que tengamos o tengan los demás.

Qué perdidos estamos y qué magnitud están tomando estos términos últimamente, en el mundo del "todo por el poder" y del falso "sólo miro por lo mio". En la tierra de "sólo pienso en mi, pero quiero tener más que los demás".

En esos momentos de ansiedad es cuando más valoras las decisiones que tomas, en el momento en que ya nada importa y descubres que, compararte al resto, sólo hace que frenarte para llegar a conseguir lo que quieres de tal manera que, la sensación al acabar el día, sea de que has hecho lo correcto.

Y es en ese momento del dia en que todo es liviano, en que te sientes bien y necesitas compartirlo, como hago yo ahora mismo con los que leáis esto, sea cuando sea.

Lo mejor que podemos hacer es seguir buscándonos metas, conociendo nuestras habilidades y dejar que el resto se crea las mentiras que les cuentan. Por lo demás, prefiero no seguir dudando y luchar por todo lo que siempre quise. ¿Y tú? ¿ A qué esperas?