¡Cómo pasa el tiempo! Cegándonos las ganas de tocarnos el alma. Cerrándonos la vida a sentidos rebuscados, comprobando por rutina que nada funciona si no es rápido. Muchas veces fingimos el dolor, aunque lloremos por dentro, para aliviarnos ese paseo matutino por la esperanza de un día nuevo. Otras, simplemente encontramos a alguien que siempre ha estado delante, pero el destino lo preparaba para un momento distinto, para hacerte mejor.
Desayunamos apariencias, compramos la aprobación de los demás, vestimos mentiras y hablamos por boca de otros. Cocinamos traiciones, miramos de lejos, hablamos bajito y corremos muy lento. Buscamos el momento adecuado, esperamos cosas de la gente, vivimos la vida de otros, confinados en un "yo" perpetrado desde el más profundo egocentrismo. Callamos cuando no deberíamos y hablamos cuando lo mejor sería callarnos. Aún así, siempre hay un porqué. Aún así, a pesar de que nuestros ruegos diarios por un día tranquilo, nuestra vida pasajera aferrada al miedo, a pesar de ser nimios y simples caminantes, de mirar sin fijarnos, de oír sin escuchar y de hablar sin tener ni idea. Aún así somos capaces de elegir. Y no elegimos.
Nos tumbamos a recorrer el tiempo, creyendo que nuestro destino está escrito, que las cosas no deberían ser como son, que perdemos la paciencia. Que si dibujamos un momento, al segundo se convertirá en ceniza. Pero no todo tiene que ser así. No todo. ¿Lo sabes?
Todo tiene un porqué. Cuando sucede algo que no te gusta, algo que te hace sufrir, algo que consideras injusto, es porque vendrá algo mejor. Yo no lo sabía. Prometo que yo no lo sabía.
No hay comentarios:
Publicar un comentario