Con el peso del tiempo, quizá la felicidad asome. En un intento por saturar las retinas del silencio, concluyendo en un mar de sensaciones y pensamientos atropellados, ya sea por prisa o por moda, o simplemente porque resulta inevitable encadenarse a la ilusión.
Prefiero hablarte al oído, contándote las historias que nos inventamos, este verano en que el cielo acostumbra a pintarse de azul. Me invento mañanas en que, sin dormir, aún conseguimos esbozar sonrisas, inmunes a cualquier mal, incapaces de desaparecer, dando una lección al mundo.
Olor a café, envuelto en tu perfume dulce y permanente, que todo lo conoce, llenando cada habitación con su inconfundible pasear sereno. El sonido del tráfico, ajeno a nuestros ojos, vivo en los oídos de una ciudad hostil, pensando en el mar y en las conchas que muchos se atreven a buscar.
A veces, sentado en la escalera más lejana del paseo, dibujo las palabras que intento decirte, esbozo una historia distinta confundiendo los colores de las noches en que sólo podemos mirarnos. A veces construyo un deseo a base de susurros y caricias, mientras el viento acaricia con los dedos todo lo que no podemos decirnos. Y funciona.
Existen mil razones, doscientos porqués, pero no excusas. Existen calles que nos miran al pasar, tratando de decirnos lo que no queremos escuchar, dejando de lado lo que un día fue noche y hoy es día, cumpliendo con las promesas que nadie fue capaz de cumplir nunca. Y nos miramos como si el tiempo no existiera, imaginándonos las verdades que nos decimos cada vez que nos odiamos de mentira, aguantándonos la risa cuando todo se repite alrededor, como si de un bucle eterno se tratase, atrapándonos en un momento del que nunca querríamos salir. Pero somos inmunes al desconcierto. Inmunes al daño, porque ya hemos sufrido demasiado. Inmunes al tiempo que se atreve a desafiarnos, a las personas que intentan ser felices, pero sólo a través de otros. Inmunes a la tristeza de desaparecer, porque todo merece la pena vivirlo. Porque aprendemos a ser nosotros mismos. A no dejar que nada nos cambie...
Porque nosotros, aunque no lo creas, somos invencibles.
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