Pretendemos entendernos fácil, como quien mastica un chicle inconscientemente. No sabemos que nuestra mente, compleja y retorcida, tiende a dibujarnos nuestros miedos con una precisión milimétrica, proyectándolos en momentos y situaciones confortables.
Así, mientras tratamos de olvidar nuestros problemas, nuestra mente se ocupa de ellos a hurtadillas, robando el espacio que llenaba la felicidad, a menudo momentánea. Nos saca del letargo, libera nuestros monstruos, perpetra cábalas continuas para embaucarnos con el fin de eliminar nuestra sonrisa. Y ese es nuestro trabajo.
A los que huimos de la angustia nos arropa una continua sensación de desafío, puesto que ni podemos ni queremos luchar en su contra, pero tampoco la queremos con nosotros. Luchamos con la esencia de quien nunca se cansa de buscar lo suyo, ya sea por esa costumbre de reinventar nuestro mundo, o por necedad y orgullo, infundidos a menudo por la negación al fracaso.
Pensamos, frecuentemente, en todo aquello que tememos y que proyectamos en momentos que no se debería. Y de repente nace ese miedo al fracaso, a que todo cambie en un segundo, a que nada vuelva a estar bajo control. Y vivimos equivocados. Sabemos que nada es cierto, que todo tiene un porqué, un cómo, un dónde y un quién, pero siempre buscamos los "cuándo". En ocasiones, tener prisa nos lleva al error, y ese error a otro error, y ese lastre se vuelve miedo. Y ese miedo, de nuevo, fracaso.
Hay momentos de flaqueza en que nuestra mente prefiere volverse laberíntica y sagaz que ayudarnos a regalar una sonrisa. Porque nos dejamos. Nos creemos fuertes pero siempre seremos esclavos de la apariencia y del dolor.
Y esa angustia, esa que nos atora y no nos deja pensar con claridad, no es más que nuestra inseguridad gritando "NO PUEDES" cuando en realidad, todo se puede si no dejamos que el miedo nos venza. Lo demás son excusas para inventarnos excusas más fáciles. Y nada es fácil, pero aprendemos a conseguir que lo sea.
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