lunes, 29 de septiembre de 2014

Tu mundo

¿Qué pretendes vivir? ¿Qué pretendes sentir?¿Qué esperas de un mundo en el que sentir es un tabú, decir lo que piensas es una ofensa y expresar lo que sientes ser débil?

Vivimos un mundo frágil, lleno de silencios que lo dicen todo y de palabras que no dicen nada. Continuamente. Nos da vergüenza o miedo sentir, o decir lo que sentimos, incluso maltratamos las palabras que, sinceras, tratan de derretirnos viniendo de quien sólo quiere vernos el resto de su vida. Maltratamos a las personas que dicen la verdad, sin miedo a lo que los demás piensen, ya sea bueno o malo. Nos hemos vuelto inconscientes, perdimos la cabalidad en pos del "házlo tú mismo", jugamos con personas que lo dan todo por nada y las cambiamos y moldeamos para hacerlas malas. Créanme que no es puro capricho. 

Nos quejamos del maltrato, devolvemos el daño a la persona equivocada, esa persona se transforma y hace lo mismo, y acabamos transformando al amor en una simple anécdota. Da igual lo que le digas a una persona que no te quiere escuchar, por mucho que sus palabras llenen la estancia, si lo que dice no es capaz de aliviar el rencor de lo que no hacen por tí. A veces hay que saber parar, dirigirnos hacia el infinito sin mirar ni dar un paso atrás, poder romper con todo, tirar la puerta abajo y saludar. Saludar a un mundo nuevo, a tu propio mundo. Un mundo en el que ya nadie puede entrar ¿Verdad?. Ese es el error. Nos hermetizamos por costumbre, por tradición, por norma. Nos aislamos porque nos hemos acostumbrado a que nos hagan daño, a devolverlo o pagarlo con quien no debemos, a sufrirlo en silencio y matarnos a nosotros mismos.

La tristeza se frota las manos en unos tiempos en los que ser feliz ya no implica tener al lado a la persona adecuada, si no a encapricharse con personas que sabemos de sobra que no serán capaces de hacernos felices. Y este hecho, señores, envuelve al mundo en un sentimiento de frustración, nos vuelve totalmente ineficaces ante nosotros mismos, nos destruye por dentro y ataca por fuera. ¿Qué más te da, amigo mio, sentarte a esperar? Porque sólo esperando, sin ninguna prisa, las cosas que quieres irán llegando. Y esto no es más que una carta que imprime valor a unas palabras que siempre debería decirme a mi mismo. Porque no hay mayor enemigo que uno mismo, ni mayor obstáculo que la necedad de quien piensa que alguien es imprescindible.

Camina y quien quiera que te acompañe, pero no dejes que tire de tí nadie.

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