viernes, 6 de febrero de 2015

Soluciones

Arrancarme los estores de los ojos
Confiarme la locura con cristales
Recortarme los antojos con retales
Que me tapen el dolor
Y cocino tus palabras sin sentido
Que ahora duelen como un aguijón
Clavadas duro contra el viento
Y el abismo castigado en un rincón
Abrazas el colchón de punta en blanco
Esgrimiendo un beso traidor
Que al rato se cansa en mi pecho
Lanzándome al duro hormigón
Regálame el sabor de tu perfume
Afilando mis uñas de alquitrán
Que se nublan y quejan si supe
Que al final no hay arreglo
Para tanto que olvidar

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Lejos


Vete. Vete lejos. Lo más lejos que puedas. Vete allí donde las cosas dejen de hacer daño, donde el tiempo pase más rápido y los sentimientos fluyan despacio. Corrige tu sonrisa, vacía el resentimiento y el rencor, anúnciale a tu vida un cambio. Cierra los ojos siempre que puedas, mírate por dentro y quiérete, a tí mismo, a nadie más. Júzgate por lo que no has hecho y no por lo que hiciste mal. Cúrate de espantos y atropellos, conviértete en tu yo más bueno, en los sollozos del que llora por dentro, en las sonrisas más sinceras. Quiérete. Quiérete como si el cielo fuese del azul del que estás hecho, turquesa, color blanco y gris de las nubes, naranja del atardecer. Póntelo fácil, siéntete libre, no finjas, líbrate del pudor y la apariencia. Escríbete cada mañana lo que vales, con pintalabios en el espejo, con el vaho del rocío en el coche, con los bostezos para despertar. Demuestra a los demás lo que valen, lo que significan para tí, lo que significas para ellos, lo que significas para tí. Enamórate como si fuese la primera y la última vez, ama con todas tus fuerzas, sé la más feliz de las personas y ofrece tu felicidad. Juega como un niño, llora como un bebé, rebélate como un anciano. Durante todo el año...

Desházte de mí, de mis errores, de mis fallos, de mis palabras, de todo aquello que no he sido. Desházte de lo que no he conseguido, del dolor y el daño que he podido hacerte, del miedo, de todo lo que siempre quise decirte. Desházte de mi mirada, de mis caricias, de mi locura. Aléjate de lo que voy a ser y recuerda para siempre lo que he sido. Vete lejos, allí donde las cosas dejen de hacer daño, donde todo lo que fuimos quede en el pasado y el tiempo determine lo que somos, sin más traición que la que olvidamos. Y en la distancia, si de verdad todo va bien, quiéreme como no pude hacerlo, lucha por lo que te haga feliz, sonríe por todo lo que alguna vez fui. Pero no me olvides porque yo seguiré aquí, esperándote, creyéndome frágil aunque cada vez más fuerte. Y por si no vuelves a leerme, esto estará aquí siempre.

Aunque ya esté lejos... 

lunes, 3 de noviembre de 2014

1ª Parte. Capítulo 1


Un día como cualquier otro. O eso creía él. Daba gusto ver cómo había cambiado la ciudad en tan pocos meses, los mismos que llevaba Eithan viviendo allí. Olía a café y tostadas, el desayuno perfecto para la mañana fría y lluviosa que acompañaba a la perfección su ánimo. No eran más que las 8, pero parecían las 5 de un domingo de fiesta; calles silenciosas, olor a hierba mojada, y esa ausencia total del martillo neumático que se empeñaba en despertarle antes de tiempo todas las mañanas. Llegaba a ser preocupante. A pesar de todo, Eithan no le dio importancia a todo esto, dado que era de esas personas que sin café ni ducha eran totalmente un zombie tratando de sobrevivir al sueño. Con los ojos casi cerrados, trató de echarse el café, ataviado ya con un guante para no quemarse, porque si había algo que definía a Eithan era su enorme torpeza, y más cuando parecía que seguía en la cama a pesar de estar levantado. Hubo éxito y ese día logró no quemarse, ni tan siquiera derramar una gota, así que eso ya le dibujó una sonrisa de oreja a oreja, untando también con torpeza las tostadas con esa mermelada que le traía su madre todas las semanas y de las que aún no había gastado ni un tarro completo. De moras, por supuesto.

Walter, un pastor alemán bastante escuchimizado, le vigilaba desde el quicio de la puerta, esperando con atención el momento en que, a su amo, se le cayera cualquier resto de comida que pudiera ser devorada, a ser posible, antes de que tocara el suelo. Ellos se llevaban muy bien, con una vida planificada al límite, con los horarios marcados e inamovibles y una rutina que rozaba el absurdo. No había tiempo para nada más. 
Eithan era un conocido arquitecto de Massachusetts, famoso por sus extravagantes y extrovertidos edificios, adoradores de formas imposibles pero de una belleza incomparable. Ese año, hacía unos meses, Architecture of Life le había otorgado su portada a uno de los proyectos de mayor envergadura de su carrera, lo que le había catapultado, sin duda alguna, al "estrellato" en su campo. Pero no todo era trabajo. Eithan vivía en Boston, en un pequeño apartamento con vistas al Boston Common, uno de los relajantes y tranquilos parques de la ciudad, lleno de niños y perros todo el día, gente haciendo "running" y fotos por doquier, ensimismados con el móvil, chocando con otras personas que también hablaban por el móvil y bicicletas derrapando por no atropellarles. Todo un despliegue de tranquilidad, sin duda.

Aquella mañana se había levantado pronto. A las 10 tenía una reunión importante con el cuerpo ejecutivo de uno de los mayores bancos de la ciudad. Debía entregar los planos de su propuesta para un rascacielos que albergara la mayor parte de la compañía, además de salas de reuniones, gimnasio y todo tipo de comodidades para que los trabajadores no perdieran ni un sólo segundo de su jornada. Y parecía contento. Ya no sólo por el hecho de que una corporación tan importante como Wayne & Will se hubiesen fijado en él, si no porque ese proyecto le había tenido ocupado los últimos 3 meses. Sólo por esa razón, su ánimo parecía haberse afincado en el lado positivo, por lo menos para variar un poco.

Ya con Walter en el parque, parecía ensimismado con la idea de visitar el edificio terminado, sus enormes ventanas que, en su cabeza, rozarían el infinito y le otorgarían un aire más moderno y sosegado a la ciudad. A pesar de todo, aún no podía creérselo y seguía subido en una nube de la que más le valía despertarse si quería que la reunión saliese bien. Nube de la que no tardaría en bajarle Walter, porque de repente, su correa se tensó hasta tal punto que le tiró al suelo, arrastrándole medio metro hasta que pudo darse cuenta y pararle. ¿Qué habría visto el dichoso perro para tirar de esa manera? Sólo se le ocurría que pudiese ser alguna perrita en celo que le volviera loco, pero nada más allá de la realidad. El parque estaba casi desierto, sólo un par de viejos sentados en los bancos viendo la vida pasar, pero estaban detrás de él, y tampoco había ningún otro animal que pudiera llamarle tanto la atención como para que se alterara de esa manera. Sin darle mayor importancia, recriminó al perro el descuido y volvió a casa para ducharse y prepararse para la reunión. Todo parecía que iba a salir perfecto.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Se soñaban


Ella soñaba con él. Continuamente. Dejaba que sus sueños le recordaran que todo era una mentira, sacada de su subconsciente, de las ganas que ella tenía de verle cada mañana, sentado tomando el café. Se imaginaba su olor, fundido con las palabras que él le dijera. Su aroma, tibio y dulce, acariciando sus mejillas con un “hola”, sus labios preguntándole la hora, aquellos ojos que parecían soñar. 

Ella soñaba con él. Le soñaba jugando con su pelo después de acostarse, haciendo presente el recuerdo del momento anterior, nadando en placer, como si fuesen gotas de agua que arroyan un día de lluvia, juntas, sin nada que perder. Ella recordaba sus caricias, que buscaban su sonrisa y su perdición, sus manos grandes y sensibles, recorriendo los recodos más ocultos de su cuerpo, como nadie había hecho nunca, aunque tan sólo fuese una vez.

Ella soñaba con él, con su sonrisa de cualquier tarde, con su mirada atenta a todo, preocupada por la suya. Con el calor de sus brazos, con la penumbra envuelta en sus besos, sus detalles y su expresión despreocupada. Soñaba con sus sueños, con su voz, con su recuerdo, con el tiempo entre el olvido y un segundo sin sentirle. 

Probablemente fuera un sueño, eso que nos decimos al oído cuando vemos que nos sentimos solos o la sensación de vacío justo después de despedirnos.

Él soñaba con ella, cada día. Pero nunca se atrevía. Soñaba con contarle que, cada mañana la veía, pero pensaba que no la merecía. Sentía un cosquilleo al llegar las 9, justo antes de que apareciera, ensayando lo que iba a decir el día que el miedo se fuera. 

Él soñaba con ella. Soñaba acariciarla cada noche, en la penumbra de sus besos, buscar sus recodos y regalarle su placer, su calor y sus miradas. Danzar desde su cuello hasta su espalda, escribir cartas de amor desde su espalda y por sus piernas, para subir cantando su balada, justo cuando el mundo deja de importar y todo se convierte en nada.

Ellos se soñaban, cada segundo. Ellos no lo sabían y se perdían cada día que pasaba. Ellos, que se buscaban toda la vida, y acababan huyendo porque hacía tiempo les habían destrozado, como pequeñas rosas sin espinas. Porque nunca perdieron el miedo a ser lo que otros habían conseguido que fueran.

No dejes que nadie te cambie.

martes, 21 de octubre de 2014

Imperativos


Desnúdame lento, para que no escueza tanto. 

Háblame de la intención de abandonarme, de la sensación de deterioro en mis palabras, de esa tempestad oculta en cada lágrima. 

Suéñame cada noche como si pasáramos juntos la eternidad y despréciame cada mañana para, de este modo, volver a la realidad. 

Senténciame con tus verdades absolutas, con tus miradas pretenciosas, con tus abusos de poder absurdos. 

Quítame la máscara que fabriqué para que nadie viera por dónde me quería escapar. 

Arráncame la razón y dame motivos para creer que Dios no existe, o que existe o ambas cosas, sólo para sentirme libre.

Publica en tus renglones mis caricias, mis despechos, mis poesías. Publica mis rencores, mis secretos, mi agonía. Publica aquellos versos que no hablan de tu vida, sin pasar por la mía, provocando ese desliz que llamamos días.

Destrózame, convénceme de todo lo que no soy, descúbreme sin miedos ni ataduras, escupe todo el miedo que tienes a que te descubra, abrázame con todo lo que tengas para olvidar tu amargura o simplemente, esconde este tesoro, que nadie lo encuentre nunca.

Critícame si crees que de tu lado el sol calienta más, si la inquietud es más sobria o por convicciones te has dejado engañar.

Átame al placer, a la negrura, al cabecero de tu cama, a tus ojos que me incitan a olvidar.

Enciérrame en tus delirios, perdidos en baile y tropiezos, acostumbrado como estoy a salir corriendo.

Cree lo que quieras, pues aquí, todo es verdad y nada es cierto si todo depende de tu bandera.

No me creas. Confía en mí.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Tu mundo

¿Qué pretendes vivir? ¿Qué pretendes sentir?¿Qué esperas de un mundo en el que sentir es un tabú, decir lo que piensas es una ofensa y expresar lo que sientes ser débil?

Vivimos un mundo frágil, lleno de silencios que lo dicen todo y de palabras que no dicen nada. Continuamente. Nos da vergüenza o miedo sentir, o decir lo que sentimos, incluso maltratamos las palabras que, sinceras, tratan de derretirnos viniendo de quien sólo quiere vernos el resto de su vida. Maltratamos a las personas que dicen la verdad, sin miedo a lo que los demás piensen, ya sea bueno o malo. Nos hemos vuelto inconscientes, perdimos la cabalidad en pos del "házlo tú mismo", jugamos con personas que lo dan todo por nada y las cambiamos y moldeamos para hacerlas malas. Créanme que no es puro capricho. 

Nos quejamos del maltrato, devolvemos el daño a la persona equivocada, esa persona se transforma y hace lo mismo, y acabamos transformando al amor en una simple anécdota. Da igual lo que le digas a una persona que no te quiere escuchar, por mucho que sus palabras llenen la estancia, si lo que dice no es capaz de aliviar el rencor de lo que no hacen por tí. A veces hay que saber parar, dirigirnos hacia el infinito sin mirar ni dar un paso atrás, poder romper con todo, tirar la puerta abajo y saludar. Saludar a un mundo nuevo, a tu propio mundo. Un mundo en el que ya nadie puede entrar ¿Verdad?. Ese es el error. Nos hermetizamos por costumbre, por tradición, por norma. Nos aislamos porque nos hemos acostumbrado a que nos hagan daño, a devolverlo o pagarlo con quien no debemos, a sufrirlo en silencio y matarnos a nosotros mismos.

La tristeza se frota las manos en unos tiempos en los que ser feliz ya no implica tener al lado a la persona adecuada, si no a encapricharse con personas que sabemos de sobra que no serán capaces de hacernos felices. Y este hecho, señores, envuelve al mundo en un sentimiento de frustración, nos vuelve totalmente ineficaces ante nosotros mismos, nos destruye por dentro y ataca por fuera. ¿Qué más te da, amigo mio, sentarte a esperar? Porque sólo esperando, sin ninguna prisa, las cosas que quieres irán llegando. Y esto no es más que una carta que imprime valor a unas palabras que siempre debería decirme a mi mismo. Porque no hay mayor enemigo que uno mismo, ni mayor obstáculo que la necedad de quien piensa que alguien es imprescindible.

Camina y quien quiera que te acompañe, pero no dejes que tire de tí nadie.