miércoles, 24 de diciembre de 2014

Lejos


Vete. Vete lejos. Lo más lejos que puedas. Vete allí donde las cosas dejen de hacer daño, donde el tiempo pase más rápido y los sentimientos fluyan despacio. Corrige tu sonrisa, vacía el resentimiento y el rencor, anúnciale a tu vida un cambio. Cierra los ojos siempre que puedas, mírate por dentro y quiérete, a tí mismo, a nadie más. Júzgate por lo que no has hecho y no por lo que hiciste mal. Cúrate de espantos y atropellos, conviértete en tu yo más bueno, en los sollozos del que llora por dentro, en las sonrisas más sinceras. Quiérete. Quiérete como si el cielo fuese del azul del que estás hecho, turquesa, color blanco y gris de las nubes, naranja del atardecer. Póntelo fácil, siéntete libre, no finjas, líbrate del pudor y la apariencia. Escríbete cada mañana lo que vales, con pintalabios en el espejo, con el vaho del rocío en el coche, con los bostezos para despertar. Demuestra a los demás lo que valen, lo que significan para tí, lo que significas para ellos, lo que significas para tí. Enamórate como si fuese la primera y la última vez, ama con todas tus fuerzas, sé la más feliz de las personas y ofrece tu felicidad. Juega como un niño, llora como un bebé, rebélate como un anciano. Durante todo el año...

Desházte de mí, de mis errores, de mis fallos, de mis palabras, de todo aquello que no he sido. Desházte de lo que no he conseguido, del dolor y el daño que he podido hacerte, del miedo, de todo lo que siempre quise decirte. Desházte de mi mirada, de mis caricias, de mi locura. Aléjate de lo que voy a ser y recuerda para siempre lo que he sido. Vete lejos, allí donde las cosas dejen de hacer daño, donde todo lo que fuimos quede en el pasado y el tiempo determine lo que somos, sin más traición que la que olvidamos. Y en la distancia, si de verdad todo va bien, quiéreme como no pude hacerlo, lucha por lo que te haga feliz, sonríe por todo lo que alguna vez fui. Pero no me olvides porque yo seguiré aquí, esperándote, creyéndome frágil aunque cada vez más fuerte. Y por si no vuelves a leerme, esto estará aquí siempre.

Aunque ya esté lejos... 

lunes, 3 de noviembre de 2014

1ª Parte. Capítulo 1


Un día como cualquier otro. O eso creía él. Daba gusto ver cómo había cambiado la ciudad en tan pocos meses, los mismos que llevaba Eithan viviendo allí. Olía a café y tostadas, el desayuno perfecto para la mañana fría y lluviosa que acompañaba a la perfección su ánimo. No eran más que las 8, pero parecían las 5 de un domingo de fiesta; calles silenciosas, olor a hierba mojada, y esa ausencia total del martillo neumático que se empeñaba en despertarle antes de tiempo todas las mañanas. Llegaba a ser preocupante. A pesar de todo, Eithan no le dio importancia a todo esto, dado que era de esas personas que sin café ni ducha eran totalmente un zombie tratando de sobrevivir al sueño. Con los ojos casi cerrados, trató de echarse el café, ataviado ya con un guante para no quemarse, porque si había algo que definía a Eithan era su enorme torpeza, y más cuando parecía que seguía en la cama a pesar de estar levantado. Hubo éxito y ese día logró no quemarse, ni tan siquiera derramar una gota, así que eso ya le dibujó una sonrisa de oreja a oreja, untando también con torpeza las tostadas con esa mermelada que le traía su madre todas las semanas y de las que aún no había gastado ni un tarro completo. De moras, por supuesto.

Walter, un pastor alemán bastante escuchimizado, le vigilaba desde el quicio de la puerta, esperando con atención el momento en que, a su amo, se le cayera cualquier resto de comida que pudiera ser devorada, a ser posible, antes de que tocara el suelo. Ellos se llevaban muy bien, con una vida planificada al límite, con los horarios marcados e inamovibles y una rutina que rozaba el absurdo. No había tiempo para nada más. 
Eithan era un conocido arquitecto de Massachusetts, famoso por sus extravagantes y extrovertidos edificios, adoradores de formas imposibles pero de una belleza incomparable. Ese año, hacía unos meses, Architecture of Life le había otorgado su portada a uno de los proyectos de mayor envergadura de su carrera, lo que le había catapultado, sin duda alguna, al "estrellato" en su campo. Pero no todo era trabajo. Eithan vivía en Boston, en un pequeño apartamento con vistas al Boston Common, uno de los relajantes y tranquilos parques de la ciudad, lleno de niños y perros todo el día, gente haciendo "running" y fotos por doquier, ensimismados con el móvil, chocando con otras personas que también hablaban por el móvil y bicicletas derrapando por no atropellarles. Todo un despliegue de tranquilidad, sin duda.

Aquella mañana se había levantado pronto. A las 10 tenía una reunión importante con el cuerpo ejecutivo de uno de los mayores bancos de la ciudad. Debía entregar los planos de su propuesta para un rascacielos que albergara la mayor parte de la compañía, además de salas de reuniones, gimnasio y todo tipo de comodidades para que los trabajadores no perdieran ni un sólo segundo de su jornada. Y parecía contento. Ya no sólo por el hecho de que una corporación tan importante como Wayne & Will se hubiesen fijado en él, si no porque ese proyecto le había tenido ocupado los últimos 3 meses. Sólo por esa razón, su ánimo parecía haberse afincado en el lado positivo, por lo menos para variar un poco.

Ya con Walter en el parque, parecía ensimismado con la idea de visitar el edificio terminado, sus enormes ventanas que, en su cabeza, rozarían el infinito y le otorgarían un aire más moderno y sosegado a la ciudad. A pesar de todo, aún no podía creérselo y seguía subido en una nube de la que más le valía despertarse si quería que la reunión saliese bien. Nube de la que no tardaría en bajarle Walter, porque de repente, su correa se tensó hasta tal punto que le tiró al suelo, arrastrándole medio metro hasta que pudo darse cuenta y pararle. ¿Qué habría visto el dichoso perro para tirar de esa manera? Sólo se le ocurría que pudiese ser alguna perrita en celo que le volviera loco, pero nada más allá de la realidad. El parque estaba casi desierto, sólo un par de viejos sentados en los bancos viendo la vida pasar, pero estaban detrás de él, y tampoco había ningún otro animal que pudiera llamarle tanto la atención como para que se alterara de esa manera. Sin darle mayor importancia, recriminó al perro el descuido y volvió a casa para ducharse y prepararse para la reunión. Todo parecía que iba a salir perfecto.

miércoles, 29 de octubre de 2014

Se soñaban


Ella soñaba con él. Continuamente. Dejaba que sus sueños le recordaran que todo era una mentira, sacada de su subconsciente, de las ganas que ella tenía de verle cada mañana, sentado tomando el café. Se imaginaba su olor, fundido con las palabras que él le dijera. Su aroma, tibio y dulce, acariciando sus mejillas con un “hola”, sus labios preguntándole la hora, aquellos ojos que parecían soñar. 

Ella soñaba con él. Le soñaba jugando con su pelo después de acostarse, haciendo presente el recuerdo del momento anterior, nadando en placer, como si fuesen gotas de agua que arroyan un día de lluvia, juntas, sin nada que perder. Ella recordaba sus caricias, que buscaban su sonrisa y su perdición, sus manos grandes y sensibles, recorriendo los recodos más ocultos de su cuerpo, como nadie había hecho nunca, aunque tan sólo fuese una vez.

Ella soñaba con él, con su sonrisa de cualquier tarde, con su mirada atenta a todo, preocupada por la suya. Con el calor de sus brazos, con la penumbra envuelta en sus besos, sus detalles y su expresión despreocupada. Soñaba con sus sueños, con su voz, con su recuerdo, con el tiempo entre el olvido y un segundo sin sentirle. 

Probablemente fuera un sueño, eso que nos decimos al oído cuando vemos que nos sentimos solos o la sensación de vacío justo después de despedirnos.

Él soñaba con ella, cada día. Pero nunca se atrevía. Soñaba con contarle que, cada mañana la veía, pero pensaba que no la merecía. Sentía un cosquilleo al llegar las 9, justo antes de que apareciera, ensayando lo que iba a decir el día que el miedo se fuera. 

Él soñaba con ella. Soñaba acariciarla cada noche, en la penumbra de sus besos, buscar sus recodos y regalarle su placer, su calor y sus miradas. Danzar desde su cuello hasta su espalda, escribir cartas de amor desde su espalda y por sus piernas, para subir cantando su balada, justo cuando el mundo deja de importar y todo se convierte en nada.

Ellos se soñaban, cada segundo. Ellos no lo sabían y se perdían cada día que pasaba. Ellos, que se buscaban toda la vida, y acababan huyendo porque hacía tiempo les habían destrozado, como pequeñas rosas sin espinas. Porque nunca perdieron el miedo a ser lo que otros habían conseguido que fueran.

No dejes que nadie te cambie.

martes, 21 de octubre de 2014

Imperativos


Desnúdame lento, para que no escueza tanto. 

Háblame de la intención de abandonarme, de la sensación de deterioro en mis palabras, de esa tempestad oculta en cada lágrima. 

Suéñame cada noche como si pasáramos juntos la eternidad y despréciame cada mañana para, de este modo, volver a la realidad. 

Senténciame con tus verdades absolutas, con tus miradas pretenciosas, con tus abusos de poder absurdos. 

Quítame la máscara que fabriqué para que nadie viera por dónde me quería escapar. 

Arráncame la razón y dame motivos para creer que Dios no existe, o que existe o ambas cosas, sólo para sentirme libre.

Publica en tus renglones mis caricias, mis despechos, mis poesías. Publica mis rencores, mis secretos, mi agonía. Publica aquellos versos que no hablan de tu vida, sin pasar por la mía, provocando ese desliz que llamamos días.

Destrózame, convénceme de todo lo que no soy, descúbreme sin miedos ni ataduras, escupe todo el miedo que tienes a que te descubra, abrázame con todo lo que tengas para olvidar tu amargura o simplemente, esconde este tesoro, que nadie lo encuentre nunca.

Critícame si crees que de tu lado el sol calienta más, si la inquietud es más sobria o por convicciones te has dejado engañar.

Átame al placer, a la negrura, al cabecero de tu cama, a tus ojos que me incitan a olvidar.

Enciérrame en tus delirios, perdidos en baile y tropiezos, acostumbrado como estoy a salir corriendo.

Cree lo que quieras, pues aquí, todo es verdad y nada es cierto si todo depende de tu bandera.

No me creas. Confía en mí.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Tu mundo

¿Qué pretendes vivir? ¿Qué pretendes sentir?¿Qué esperas de un mundo en el que sentir es un tabú, decir lo que piensas es una ofensa y expresar lo que sientes ser débil?

Vivimos un mundo frágil, lleno de silencios que lo dicen todo y de palabras que no dicen nada. Continuamente. Nos da vergüenza o miedo sentir, o decir lo que sentimos, incluso maltratamos las palabras que, sinceras, tratan de derretirnos viniendo de quien sólo quiere vernos el resto de su vida. Maltratamos a las personas que dicen la verdad, sin miedo a lo que los demás piensen, ya sea bueno o malo. Nos hemos vuelto inconscientes, perdimos la cabalidad en pos del "házlo tú mismo", jugamos con personas que lo dan todo por nada y las cambiamos y moldeamos para hacerlas malas. Créanme que no es puro capricho. 

Nos quejamos del maltrato, devolvemos el daño a la persona equivocada, esa persona se transforma y hace lo mismo, y acabamos transformando al amor en una simple anécdota. Da igual lo que le digas a una persona que no te quiere escuchar, por mucho que sus palabras llenen la estancia, si lo que dice no es capaz de aliviar el rencor de lo que no hacen por tí. A veces hay que saber parar, dirigirnos hacia el infinito sin mirar ni dar un paso atrás, poder romper con todo, tirar la puerta abajo y saludar. Saludar a un mundo nuevo, a tu propio mundo. Un mundo en el que ya nadie puede entrar ¿Verdad?. Ese es el error. Nos hermetizamos por costumbre, por tradición, por norma. Nos aislamos porque nos hemos acostumbrado a que nos hagan daño, a devolverlo o pagarlo con quien no debemos, a sufrirlo en silencio y matarnos a nosotros mismos.

La tristeza se frota las manos en unos tiempos en los que ser feliz ya no implica tener al lado a la persona adecuada, si no a encapricharse con personas que sabemos de sobra que no serán capaces de hacernos felices. Y este hecho, señores, envuelve al mundo en un sentimiento de frustración, nos vuelve totalmente ineficaces ante nosotros mismos, nos destruye por dentro y ataca por fuera. ¿Qué más te da, amigo mio, sentarte a esperar? Porque sólo esperando, sin ninguna prisa, las cosas que quieres irán llegando. Y esto no es más que una carta que imprime valor a unas palabras que siempre debería decirme a mi mismo. Porque no hay mayor enemigo que uno mismo, ni mayor obstáculo que la necedad de quien piensa que alguien es imprescindible.

Camina y quien quiera que te acompañe, pero no dejes que tire de tí nadie.

martes, 16 de septiembre de 2014

Tal vez

Tal vez sea por vivir de la intriga. Tal vez. O tal vez sea por seguir adelante, aunque reconozco que a veces no lo sé. Tal vez sea un cajón desastre, lleno de olvidos sin rumbo y de defectos que no quiero verme. De sentirme imperfecto, de creerme bueno, de rendirme ante las mentiras para hacerme mejor. Del infortunio de tropezar y levantarme, caer de bruces y, gritando, encontrarme sin saber qué hacer.

Perdóname si escribo perdido, si dudo de mi palabra cuando el único objetivo era hacerte sentir mejor. Perdóname, tal vez, por sentirme vivo y no ser consciente del tiempo que no pude ver pasar. Perdona mis defectos, mis errores, mi ignorancia y mi debilidad, pues sé que no me llevan a ningún lado.

Será, tal vez, que mis dilemas se curan sin sangre, por medio de los ojos que aún me sonríen, aliviando las penas que tuve y que yo mismo ofrecí. 
Será, tal vez, por las miradas que quise regalar, los momentos que quise secretos, las palabras que nunca dije por miedo a perder todo y que hablaban de amor.

Sé que, tal vez, mi error siempre fue hablar de mí cuando lo importante era todo menos yo. Mi error fue deleitarme con las visiones de un bohemio que, borracho de ilusiones se creyó que no iba a llorar.

Y el mar no está hecho para débiles insomnes, ni para caballeros de capa caída, ni galanes imperfectos vestidos de embriaguez. El mar, si no es molestia, está hecho para quienes, aún sabiendo sus defectos, caminan sin miedo a equivocarse ni tener razón. Para aquellos, tal vez, que disfrutan sus locuras, que conocen sus sueños y ni buscan ni molestan corazones que aplaudir.

Para mí un atrevimiento el desnudarme ante usted, que bien sabe que me muero por tener en mí aquello que tanto detesto.

Pero ¿Qué sería yo sin mis defectos?

sábado, 5 de julio de 2014

El camino de toda introducción

Pretendemos entendernos fácil, como quien mastica un chicle inconscientemente. No sabemos que nuestra mente, compleja y retorcida, tiende a dibujarnos nuestros miedos con una precisión milimétrica, proyectándolos en momentos y situaciones confortables.

Así, mientras tratamos de olvidar nuestros problemas, nuestra mente se ocupa de ellos a hurtadillas, robando el espacio que llenaba la felicidad, a menudo momentánea. Nos saca del letargo, libera nuestros monstruos, perpetra cábalas continuas para embaucarnos con el fin de eliminar nuestra sonrisa. Y ese es nuestro trabajo.

A los que huimos de la angustia nos arropa una continua sensación de desafío, puesto que ni podemos ni queremos luchar en su contra, pero tampoco la queremos con nosotros. Luchamos con la esencia de quien nunca se cansa de buscar lo suyo, ya sea por esa costumbre de reinventar nuestro mundo, o por necedad y orgullo, infundidos a menudo por la negación al fracaso.

Pensamos, frecuentemente, en todo aquello que tememos y que proyectamos en momentos que no se debería. Y de repente nace ese miedo al fracaso, a que todo cambie en un segundo, a que nada vuelva a estar bajo control. Y vivimos equivocados. Sabemos que nada es cierto, que todo tiene un porqué, un cómo, un dónde y un quién, pero siempre buscamos los "cuándo". En ocasiones, tener prisa nos lleva al error, y ese error a otro error, y ese lastre se vuelve miedo. Y ese miedo, de nuevo, fracaso.

Hay momentos de flaqueza en que nuestra mente prefiere volverse laberíntica y sagaz que ayudarnos a regalar una sonrisa. Porque nos dejamos. Nos creemos fuertes pero siempre seremos esclavos de la apariencia y del dolor.

Y esa angustia, esa que nos atora y no nos deja pensar con claridad, no es más que nuestra inseguridad gritando "NO PUEDES" cuando en realidad, todo se puede si no dejamos que el miedo nos venza. Lo demás son excusas para inventarnos excusas más fáciles. Y nada es fácil, pero aprendemos a conseguir que lo sea.

domingo, 29 de junio de 2014

Invencibles

Con el peso del tiempo, quizá la felicidad asome. En un intento por saturar las retinas del silencio, concluyendo en un mar de sensaciones y pensamientos atropellados, ya sea por prisa o por moda, o simplemente porque resulta inevitable encadenarse a la ilusión. 

Prefiero hablarte al oído, contándote las historias que nos inventamos, este verano en que el cielo acostumbra a pintarse de azul. Me invento mañanas en que, sin dormir, aún conseguimos esbozar sonrisas, inmunes a cualquier mal, incapaces de desaparecer, dando una lección al mundo. 
Olor a café, envuelto en tu perfume dulce y permanente, que todo lo conoce, llenando cada habitación con su inconfundible pasear sereno. El sonido del tráfico, ajeno a nuestros ojos, vivo en los oídos de una ciudad hostil, pensando en el mar y en las conchas que muchos se atreven a buscar.
A veces, sentado en la escalera más lejana del paseo, dibujo las palabras que intento decirte, esbozo una historia distinta confundiendo los colores de las noches en que sólo podemos mirarnos. A veces construyo un deseo a base de susurros y caricias, mientras el viento acaricia con los dedos todo lo que no podemos decirnos. Y funciona. 

Existen mil razones, doscientos porqués, pero no excusas. Existen calles que nos miran al pasar, tratando de decirnos lo que no queremos escuchar, dejando de lado lo que un día fue noche y hoy es día, cumpliendo con las promesas que nadie fue capaz de cumplir nunca. Y nos miramos como si el tiempo no existiera, imaginándonos las verdades que nos decimos cada vez que nos odiamos de mentira, aguantándonos la risa cuando todo se repite alrededor, como si de un bucle eterno se tratase, atrapándonos en un momento del que nunca querríamos salir. Pero somos inmunes al desconcierto. Inmunes al daño, porque ya hemos sufrido demasiado. Inmunes al tiempo que se atreve a desafiarnos, a las personas que intentan ser felices, pero sólo a través de otros. Inmunes a la tristeza de desaparecer, porque todo merece la pena vivirlo. Porque aprendemos a ser nosotros mismos. A no dejar que nada nos cambie...


Porque nosotros, aunque no lo creas, somos invencibles. 


domingo, 4 de mayo de 2014

Gracias, mamá


Nunca se cansó de luchar. Daba igual lo que dijeran o hicieran, ella nunca se cansó de luchar. A ella nadie le enseñó a levantarse porque nadie consiguió tumbarla. Nunca. Vive entregada a lo que cree justo, tratando de ser como ella quiere ser, sin tapujos ni complicaciones. Y lo cierto es que ya quisiera cualquiera ser siquiera su sombra.

Me he pasado los años pensando y preguntándome cómo sería mi vida sin ella, cómo habría conseguido todo lo que tengo sin ella, y no soy capaz siquiera de imaginarlo. Siempre a mi lado, en lo bueno y lo malo, llorando cuando lloro, riendo cuando río. Partícipe de mis fracasos y mis éxitos, testigo de mis palabras de aliento y desaliento, provocadora de mis más y mis menos, de mi vida entera. Si no hubiese sido por ella, nada de lo que tengo habría podido conseguirlo, y me siento un don nadie luchando por siquiera acercarme a lo que ella ha conseguido que yo quiera ser y sea.


Hubo un tiempo, mamá, que creí que te iba a perder para siempre. Después de varios años sobreviviendo a las pérdidas, aquello me cayó como un cubo de agua fría en medio de esa tempestad. Por mi cabeza sucedió de todo, incluso yo mismo, perdido sin saber qué hacer en absolutamente nada, sin tu ayuda ni tus consejos. Fue entonces cuando decidí que, si todo salía bien, nada ni nadie iba a impedir que lo que sentía por tí se estancara en ningún tipo de pensamiento ridículo ni en la absurda idea de que ibas a estar ahi para siempre. Desde aquel momento intenté no depender tanto, conseguir que vivieras la vida como te merecías y no ser más una carga. He cometido muchos errores desde entonces, pero me he arrepentido de todos y cada uno ante la idea de que te sintieses totalmente orgullosa de mi. Quiero devolverte todo lo que has hecho (que por otro lado va a ser imposible), la confianza que has puesto en mi, el querer abrirme los ojos a pesar de que no quisiera y respetar que no quisiera hacerlo. Quiero hacerte reír y llorar de felicidad en un vano intento de conseguir que todo lo que me has dado todos estos años se vea recompensado de alguna manera. 

Quiero que seas feliz el resto de tu vida, por todo lo que has pasado, todo lo que has entregado y lo poco que te ha sido devuelto. Quiero que los demás se den cuenta, que lo sepan, que sabemos que las madres son el apoyo más incondicional que existe, pero ojalá todos tuvieran una como tú. Quiero pedirte perdón por cualquier mal que te haya causado, por las veces que te hice llorar injustamente, por las que te decepcioné y por las que ni siquiera estuve cuando me necesitaste.

Hoy no puedo estar contigo, pero me parece una idea bastante absurda celebrar sólo un día de la madre, cuando tú me ofreciste toda tu vida, cada segundo de ella. Feliz mundo de las madres, feliz año y feliz vida. 

Gracias, Mamá. Te quiero.

domingo, 27 de abril de 2014

Esperando

Esperando. Así se nos va la vida, esperando. Buscando un momento mejor para sonreír, inventando excusas para no levantarnos, pidiendo perdón, juzgándonos como el más cruel de los jueces. Y como un halcón nos lanzamos a la desazón de lo imposible. Pretendemos correr hacia la nada, creyéndonos la nada más absoluta, en busca de respuestas que nunca estarán al alcance del desaliento. 

Vivimos pegados a las oportunidades, a las más nimias, a ese sonido que el móvil se empeña en no reproducir, o que quien esperamos no llega. Vendemos la pintura de la que se dibujan los recuerdos, porque sabemos que el café de por la mañana, sólo nos hará ver las cosas con perspectiva, pero el día tiene muchas horas. 

Si la humildad me parte en dos, que me parta, no pienso fallarme. Si el dolor juega a los dados con mi voz, pienso gritarle, por los sueños que me robó y las pesadillas que me invaden. Si el llanto me nubla la vista, prefiero taparme que mirar a través de las olas de ansiedad que quieren que juegue a ahogarme. Por cambiar tan poco y no aprender a amarme. Si rebusco entre los libros que dictaron mi sentencia, leo la letra de mi fin, como cien versos resonantes. 

"Pensé en tenerte demasiado tarde
Justo cuando el error
No hizo más que destrozarme

Caliente dentro imaginé tu arte
Como si fuese el cielo
Observando el respirar del aire

Vencido en esta cárcel de papel
No siento alivio
Sólo este dolor de sien

De pensar tanto en pensarte
De gritar tanto desastre
Que si bien soy yo el que arde
Fuiste tú quien se olvidó mi sangre"

domingo, 20 de abril de 2014

Resurrección

¡Cómo pasa el tiempo! Cegándonos las ganas de tocarnos el alma. Cerrándonos la vida a sentidos rebuscados, comprobando por rutina que nada funciona si no es rápido. Muchas veces fingimos el dolor, aunque lloremos por dentro, para aliviarnos ese paseo matutino por la esperanza de un día nuevo. Otras, simplemente encontramos a alguien que siempre ha estado delante, pero el destino lo preparaba para un momento distinto, para hacerte mejor.

Desayunamos apariencias, compramos la aprobación de los demás, vestimos mentiras y hablamos por boca de otros. Cocinamos traiciones, miramos de lejos, hablamos bajito y corremos muy lento. Buscamos el momento adecuado, esperamos cosas de la gente, vivimos la vida de otros, confinados en un "yo" perpetrado desde el más profundo egocentrismo. Callamos cuando no deberíamos y hablamos cuando lo mejor sería callarnos. Aún así, siempre hay un porqué. Aún así, a pesar de que nuestros ruegos diarios por un día tranquilo, nuestra vida pasajera aferrada al miedo, a pesar de ser nimios y simples caminantes, de mirar sin fijarnos, de oír sin escuchar y de hablar sin tener ni idea. Aún así somos capaces de elegir. Y no elegimos. 

Nos tumbamos a recorrer el tiempo, creyendo que nuestro destino está escrito, que las cosas no deberían ser como son, que perdemos la paciencia. Que si dibujamos un momento, al segundo se convertirá en ceniza. Pero no todo tiene que ser así. No todo. ¿Lo sabes?

Todo tiene un porqué. Cuando sucede algo que no te gusta, algo que te hace sufrir, algo que consideras injusto, es porque vendrá algo mejor. Yo no lo sabía. Prometo que yo no lo sabía.

miércoles, 19 de marzo de 2014

Mentiras

Es inevitable. Debiste creerte tus mentiras desde que, delante de aquel espejo, te juraste que nunca más te harían daño. Pero el tiempo ha jugado en tu contra y, en vez de luchar por ser mejor, te has vuelto como el resto. Prefieres dejar que tu confusión acople a tu vida las cosas que, a tu juicio, hacen mal los demás en vez de tú misma. 


Debiste dejarte caer, 
Sin duda a mil palmos del suelo
Convencida y perdida


Los demás no lo entienden
Tú eres la diosa
Verdad y mentira



Asumes tu papel como víctima
Sudando palabras sin más
El pelo enlazado en tus manos
Ojos perdidos y esgrima


Rojo del llanto
Tu alma te miente tanto
Creyendo que nunca haces mal
porque ese fue el trato


Todo el dolor se ahogó
En los vasos de un cruel desaliento
El ego dio paso al color
Las personas se van
Perdidas en medio del cuento


Y por encima del hombro
miras a quienes intentan
Servir de consuelo
Gritando que tal deshonor
Es culpa del resto


Es culpa del resto.

jueves, 13 de marzo de 2014

El final del camino




Te miraba sentado, al final del camino. Pensé que quizá si no te hablaba, el destino se encargaría de darme lo que estaba buscando. Me empeñé en buscarte en los bancos donde dormía, pero ni allí se cumplieron mis sueños ni tú querías quedarte. 



Existe una canción final para todos los momentos. A veces triste y a veces resignada, como una vida loca ceñida junto a las pastillas de una locura algo más que transitoria. En la mesita siempre escribías las notas que marcarían mis días, notas sin dolor ni amarguras, livianas, como intentando volar para siempre. 



El tiempo ha pasado, no sin recordarme que mis palabras ya no sirven. Por eso me obceco en escribirlas, para que, aunque el tiempo y tú las olvidéis, al menos en algún momento se puedan recuperar de una tragedia. Aunque ya no sé cuántas tragedias o penurias han querido abrirme sus puertas.




Reduzco a cenizas el mal, batiendo mis alas. Esta tristeza ya no quiere ser mi amiga, por mucho que busquemos la edad o los segundos que duran los llantos. Aquí donde estoy, la niebla es espesa, por eso lo vemos todo más claro cuando se trata de rectificar. Aquí donde vivo la temperatura es más baja, las lágrimas más sinceras, las verdades más ciertas y las palabras adornos para una vida, testigos de los sentimientos que alguna vez quisieron ser libres.


Pero sé que no todo es como esperaba y aquí sigo, mirando al horizonte, sin ver nada más que el azul que se enlaza al final del camino. Susurro, además, que quiero salirme del mismo, esconderme en el bosque esperando un mundo mejor. Y todo porque no has vuelto. Te has quedado tu rutina al principio del fuego, con semillas plantadas en el alma, corriendo desesperadas por verse crecer algún día, probando la miel de lo que un día fueron tus besos.




¿Qué más pueden dar las palabras?¿Qué más me puede quitar este agrio sabor?




¿Cuántos años construirán cada error?


Pero este mar me envuelve. Ojalá que me lleve.